El asesinato colectivo de 141 personas —de las cuales 132 eran menores de edad— en una escuela de la ciudad paquistaní de Peshawar, ha conmocionado al mundo entero.
Como es bien conocido, este horrendo asesinato masivo fue perpetrado el martes de la presente semana por integrantes de un comando terrorista del movimiento Talibán, que combate al Estado de Pakistán enarbolando la religión del islam como bandera y compite con el llamado Estado Islámico en crueldad y sadismo en las acciones terroristas y asesinatos que ejecutan a menudo.
La justificación esgrimida por los cabecillas del Talibán para justificar la matanza de escolares en Peshawar, es que los padres de los niños asesinados pertenecen al Ejército. Absurdo e inútil intento de justificar ese hecho sanguinario que el primer ministro de Pakistán, Nawaz Shariff, calificó como “un ataque que supone una tragedia nacional; los terroristas son enemigos de Pakistán, enemigos del islam y enemigos de la humanidad”.
Es muy importante precisar que quienes perpetraron ese asesinato masivo y todos los miembros de la organización a la cual pertenecen, no son insurgentes como pretenden presentarlos sus partidarios e inexplicablemente también los llama de esa manera cierta prensa internacional. Los terroristas no son insurgentes, son solo asesinos despiadados.
La insurgencia es un concepto respetable que está reconocido por el derecho internacional, aún cuando no se esté de acuerdo con sus formas de lucha. Los insurgentes son rebeldes alzados en armas, generalmente contra regímenes dictatoriales o tiránicos, porque no encuentran posibilidad de luchar de manera política pacífica. Pero en todo caso los insurgentes están obligados a respetar las regulaciones internacionales de la guerra, válidas no solo para los conflictos bélicos entre Estados y naciones sino también para las guerras civiles, guerras de guerrillas y cualquier otra forma de lucha armada irregular. En un conflicto armado interno como en cualquier otra clase de guerra puede haber víctimas colaterales entre la población civil no beligerante, pero esto no exime sino que más bien obliga a los contendientes a respetar las normas internacionales sobre la guerra.
En 1977 la comunidad internacional aprobó el II Protocolo de los Convenios de Ginebra sobre la protección de las víctimas en conflictos armados no internacionales, el cual ha sido ratificado o firmado por más de 170 países. Y desde 1997, gracias a gestiones de la Cruz Roja Internacional la protección de civiles en los conflictos armados internos, sobre todo menores de edad, es reconocida como norma de derecho internacional usual obligatoria incluso para aquellos países que no hayan ratificado el II Protocolo de los Convenios de Ginebra.
De manera que los grupos e individuos armados beligerantes que no respetan las normas del derecho internacional sobre las guerras internas, y por el contrario asesinan deliberadamente a personas civiles no combatientes e indefensas, inclusive a niños escolares como han hecho los talibanes en Peshawar, no son insurgentes, son despreciables asesinos y así hay que calificarlos.
A las cosas hay que llamarlas por sus nombres. El repudio al terrorismo criminal de cualquier origen y bandera comienza por llamar asesinos a los terroristas, porque esto es lo que realmente son.
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