Por lo general, una revolución implica un cambio radical, rápido y profundo, producto de la violencia. Este tipo de transformación de una sociedad es lo que más se conoce en la historia humana. Muchas de estas revoluciones han enarbolado banderas idealistas, altruistas, pero han dejado tendaladas de cadáveres, de mártires de todo tipo que sacrificaron sus vidas en aras de una utopía que al final aprovecharon los que quedaron vivos y que quizás ni se expusieron.
Uno de los problemas ha sido —además de los elevados costos económicos, sociales y humanos— que al final esos holocaustos no cambian nada, solo cambia en grado superlativo el estilo de vida de los altos tiliches que se apoderan del poder para reproducir impúdicamente el tipo de sistema destruido, que se suponía iban a cambiar en forma radical.
Posiblemente, una de las razones por las cuales esos movimientos —dizque revolucionarios— terminan siendo copia fiel del régimen desaparecido es porque desde un inicio sus dirigentes ofrecían solo retórica revolucionaria, sin consultar a los que decían representar, sin aceptar contribuciones externas de ninguna clase de parte de los supuestamente representados, sin rendir cuentas a nadie, sin presentar ningún plan viable, atrayente, transparente; de tal forma que al final de la jornada se crea un divorcio absoluto entre el círculo de los poderosos y el resto de ciudadanos. La revolución se convierte en una involución hacia el pasado, a veces remoto.
Esta realidad debería plantearles a las actuales esferas políticas, económicas, sociales, culturales y jurídicas un gran desafío que conduzca a una profunda reflexión sobre el destino de la nación, para evitar seguir generando las mismas zanganadas de siempre. Es simplemente locura seguir arrastrando indefinidamente el pasado hacia el futuro. No es de ninguna manera sano (ni para la generación actual ni mucho menos para las del futuro) continuar traumatizando a la ciudadanía ni anquilosando al Estado en la famosa bicicleta estacionaria porque sería condenar al pueblo al masoquismo.
En este sentido, desde hace varios años existen sectores de la población que han propuesto —dando ciertos pasos en esta dirección— una tarea consistente, perseverante, interesados en unir esfuerzos, en compartir ideas e ideales, con el único propósito de lograr algún día no lejano un amplio consenso sobre todo lo concerniente a la paz, la libertad, la democracia, la justicia social, la bienandanza y prosperidad perdurables e incluyentes en el país.
Si los diversos actores y sectores de la sociedad nicaragüense lograran llegar a acuerdos mínimos sobre un Proyecto de Nación —a fin de en conjunto aplicar esa propuesta— se estaría escenificando una verdadera Revolución (en todo el sentido de la palabra), con la enorme diferencia que esta no sería violenta, sino pacífica, civilizada, y que iniciaría un cambio radical, profundo y duradero de los cimientos sobre los cuales se ha sostenido Nicaragua durante todos estos siglos.
Esta concertación de propósitos y esfuerzos no solo implicaría una modificación sustancial de las estructuras del poder, sino que también de las mismas estructuras mentales, emocionales y morales de los ciudadanos. Significaría romper esquemas truculentos tradicionales, desprenderse de prejuicios, sectarismos, fanatismos, egoísmos, intereses mezquinos, celos y recelos, y especialmente adopción de métodos no violentos.
Hay que apostar con optimismo y decisión firme a un Proyecto Nacional que nos catapulte a todos por igual hacia un efectivo porvenir promisorio, descartando para siempre la vana y trágica inversión de angustia, sangre, sufrimiento y depresión del heroico pueblo nicaragüense.
El autor es escritor. Su último libro: Un granito de arena en la infinitud del cosmos.
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