“La política se destruye a sí misma, incluso a los hombres”, sentencia el analista español Eduardo Haro, con indignada crudeza. El noble oficio que es arte ha sido degradado por la compostura humana en los tiempos modernos, alejado de los valores éticos. Cómo añoro las ilustraciones que nos dio el doctor Mariano Fiallos Gil erguido en la lucha por la autonomía y la prédica por la moral del padre Benito Oyanguren. Pero son asuntos del pasado que no ofrecen ningún síntoma en la actualidad de ninguna dinámica y racional reivindicación.
Volviendo al presente debo referirme a la forma en que se destrozan los dirigentes políticos liberales cuando abordan el tema de la unidad. Hacen todo lo posible por destruirla, por matarla antes de nacer. No son capaces de sondear la mínima escrupulosidad en la extroversión pública, especialistas en hacer flamear la suciedad de los trapos, tirados al viento.
El tema de la unidad liberal tuvo su epicentro gris, la sombría posibilidad de no ser por la forma en que se portaron corrientes minúsculas que solo sirvieron para entorpecer los esfuerzos que finalmente le pusieron una lápida atareados en darle antelación a la mezquindad individualista, por figurar en la polémica o por vestir la túnica santa que nunca lucieron. En fin una suma de factores…
Cómo un “botón de muestra” invoco personalmente la experiencia que tuve con el Partido Liberal Independiente (PLI) bajo el liderazgo innovador del doctor Virgilio Godoy en la década del 80-90. Tanto como el PLI como el Partido Liberal Constitucionalista (PLC) hicieron el intento de llegar a la meta que excluyera de forma tajante a los apellidos: ni independiente ni constitucionalista. El Partido Liberal “a secas”.
Nunca la otra parte, el PLC influido por su cabecilla Arnoldo Alemán tuvo la vocación integral de consolidar a la fusión en una sola bandera. A partir de los primeros conatos, Alemán excitado con la pujanza económica de la Alcaldía que ya usaba de trampolín para subir a la Presidencia, siempre ofreció —lo comprobé— el dibujo sobre la mesa de una distribución prebendaria. Las ofertas iban y venían: 14 diputados para el PLI, y el resto para el PLC. La propuesta fue bajando de tono conforme las circunstancias y los tiempos que corrían, hasta sufrir la drástica reducción de cuatro diputados, cuatro gatos para el PLI, y el resto para el PLC. Alemán siempre fue reiterativo en el respeto que le guardaba al doctor Godoy: le llamaba maestro aunque con holgura de cinismo por dentro. Maestro le conviene, cuidado se queda rezagado. Godoy hacía un minucioso examen llegando a la conclusión de sentirse en “un furgón de cola”.
Finalmente un grueso sector del PLI empujados por los cargos que ofrecía el liberal rico se fue donde estaba el metálico porvenir. Y en eso quedó la “cacareada” unidad. Eso mismo querían repetir ahora: adecuar los trozos más dulces del pastel con el agravante de las circunstancias y los tiempos que difieren de la década anterior.
Creo firmemente que el PLI bajo la presidencia de Eduardo Montealegre, hizo bien en dar una respuesta categórica a las “zancadillas” que ya estaban listas para el escenario inútil. Preservar su imagen histórica es un compromiso que el PLI debe asumir, principalmente con los id
ealistas que lo fundaron. “Vale más estar solo que mal acompañado”.
El autor es periodista.
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