He venido escribiendo en LA PRENSA en los últimos meses sobre personajes civiles importantes de la historia de Nicaragua, en esta ocasión me voy a referir a mi cuarto personaje: El Padre Mariano Dubón.
Nació en León el 12 de marzo de 1861, fue el primero de una familia numerosa de 13 hermanos. Sus padres, Liberato Dubón y Virginia Alonso, le inclinaron al sacerdocio aún niño.
A la edad de 10 años en 1871 partió hacia Quito, Ecuador para continuar sus estudios en compañía de otros seminaristas adolescentes: Simeón y Félix Pereira Castellón, Julio Escoto, Eudoro Reyes y Widewaldo Araus. Los seis retornaron a Nicaragua y aquí fueron ordenados. Mariano celebró su primera misa en la iglesia San Felipe en León.
Según decreto, el padre Dubón figuraba entre los primeros sacerdotes expulsados por el régimen de José Santos Zelaya, pero al final no se realizó dicha expulsión y quedó responsable del Seminario. En 1899, con la ayuda de algunos vecinos fundó un hospicio de huérfanos en la casa contigua al templo de San Juan de Dios, estableciendo en él talleres de carpintería, sastrería, zapatería y encuadernación.
El presidente Zelaya valoró sus afanes desde el 6 de julio de 1900 cuando uno de sus ministros, Fernando Sánchez, acordó en esa fecha asignarle la suma mensual de cien pesos para su Escuela de Huérfanos. “El jefe supremo —especificaba Sánchez— ha visto con suma satisfacción la obra meritoria de usted, que tanto contribuirá a suavizar la triste condición de los huérfanos que necesitan de la instrucción primaria, de un arte o de un oficio que los habilite a ser mañana útiles ciudadanos de la patria”.
El padre Dubón llegó a dominar siete idiomas: Español, Griego, Hebreo, Francés, Italiano, Portugués e Inglés. Poseía además, una vasta cultura, y una memoria envidiable.
Después de una vida entregada al prójimo y a la niñez desvalida por lo que alcanzó la fama de santo, el 17 de enero de 1934, asistido por su hermana, fallece a los 72 años este hombre santo y sabio que nunca optó por la dignidad de canónico que le ofrecían, ni consintió figurar en la terna para escoger al obispo que repondría a Simeón Pereira y Castellón en 1923. Porque él siempre prefirió ser, franciscanamente útil, humilde, precioso y casto.
A sus honras fúnebres, que asistió el presidente Juan B. Sacasa, el padre Azarías H. Pallais, dirigió unas palabras: “Le hemos hecho al padre Dubón un entierro de arzobispo, y cuantos arzobispos no son dignos de besarle los pies. Un entierro de presidente de la república, o de jefe de partido político, o de magnate industrial, cuando debíamos haberle hecho un entierro parecido al Santo Entierro ”
Varios poetas cantaron el constante ejercicio de la caridad del sacerdote leonés y su práctica evangélica del bien, como Santiago Argüello: “Padre Dubón, padre de los hijos de nadie; hermano de los tristes, consuelo de los enfermos; amparo de los desvalidos; paño de lágrimas de las familias vergonzantes que no saben pedir; recogemos hoy nuestro espíritu al recordar su vida generosa y ejemplar”.
Al ver en esta época tanto niño pidiendo en cada esquina, niños sin educación que vagan por las calles sin un Gobierno que se preocupe por ellos, cuánto desearíamos tener un poco de esa profunda sensibilidad que profesó en su vida el padre Dubón.
El autor es Cirujano Pediatra.
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