En el mundo de la navegación internacional es bien sabido que mientras exista el Canal de Panamá, pensar en construir un nuevo Canal Interoceánico para competir con este por alguna otra parte de Centroamérica y del norte de Sudamérica es una idea financieramente absurda, por eso el anuncio de Daniel Ortega de que va a construir un Canal por Nicaragua no es tomado en serio. En esta región del mundo no hay espacio para otro Canal: no es posible competir con el Canal de Panamá ni en el presente ni en un futuro previsible. Pensar en una razón geopolítica de una potencia extracontinental para construir un Canal en la región es una idea descabellada: Estados Unidos no lo permitiría.
Ortega tendría que demostrar que construir un Canal por Nicaragua sería un buen negocio. Ya no digamos un buen negocio para Nicaragua, sino un buen negocio para quien lo construyese, atractivo para la inversión. Tendría que demostrar que dispone de los medios para construir un Canal y que tiene la intención de construirlo, pero hasta ahora no demuestra nada —ni lo hará porque no puede— y sin embargo ahí estamos creyéndole lo que dice.
¡Por Dios, si seremos ingenuos! ¡creerle a Ortega! Nos estamos tragando un cuento absurdo, fascinados por un Canal imposible, del mismo modo que los habitantes de Macondo se maravillaron cuando los gitanos les mostraron el hielo. Hay que abandonar la discusión de si el Canal es bueno o es malo, porque eso es solo una maniobra de distracción hecha con una mano, mientras con la otra se nos roban medio país en nuestras narices.
Ortega ha creado una Zona del Canal sin Canal. Una Zona del Canal que nunca tendrá un Canal. En ese territorio por el que ahora transita tanto chino haciendo la mueca y aterrorizando a nuestra gente, pretende Ortega crear un país para sí mismo, un lugar donde podrá hacer lo que le venga en gana a él y su descendencia. Además de “prepearse” de ese modo financieramente, está “prepeándose” con un lugar adonde ir para cuando lo saquemos corriendo de la silla que ahora ilegalmente ocupa, un lugar donde no podremos perseguirlo para pedirle cuentas de sus actos, un lugar donde ocultarse, pues bien sabe que una vez derrocado no tendrá dónde ir y no quiere correr la misma suerte que Somoza. No soy experto en el estudio de la mente ajena, por esa razón no sé exactamente qué está Ortega pensando y planeando hacer, pero una cosa sí sé bien: no está pensando en construir un Canal, eso es solo una mampara enorme para cubrir sus infames acciones.
Es hora de despertar a la realidad y entender que lo que está ocurriendo frente a nuestros ojos es la segunda piñata de Ortega, esta vez inmensa, nunca antes vista, muchísimo más grande que la que hizo la primera vez que lo sacamos de la silla del poder.
Algunos quizás no se oponen al “proyecto” de Ortega porque no quieren aparecer como oponiéndose al progreso, pero aún cuando el Canal fuese progreso —que definitivamente no lo es— oponerse al “proyecto” de Ortega no es oponerse a ningún Canal, porque no lo hay. Oponerse a Ortega ahora, antes de que corra demasiado lejos, es un deber que no admite dilación. Hay que empezar a desmontar ahora todo ese tramposo entramado que Ortega ha creado, ahora cuando aún hay tiempo, cuando los hechos no han sido consumados. Hay que detener esta barbarie antes de que las cosas se compliquen más y se vuelva muy costoso desenredar esta madeja.
Es hora de entender, quienes aún no lo entienden, que así como no hay tal chino y que el chino que vemos es un testaferro de Ortega, tampoco hay ni habrá Canal. Es hora de cerrar filas contra este enorme crimen que está ocurriendo a plena luz del día y de ir a apoyar a los hombres y mujeres que en el terreno están luchando contra esta canallada, defendiendo sus tierras y sus hogares y defendiendo de paso la dignidad nacional, mejor dicho: defendiendo los últimos pedacitos de dignidad que nos quedan.
El autor es sociólogo y escritor.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A