Hay hombres que encarnan la bondad y el amor al prójimo en cada acto cotidiano que realizan. Ese era el doctor Joaquín Vijil Tardón, quien luego de cumplir sus 104 años Dios decidió que debía partir.
Como padre, esposo y abuelo excepcional dio lo mejor de sí y, si era necesario, estaba dispuesto a dar su vida por su esposa, sus hijas, nietas y nietos. Por eso hasta en el último momento de su vida recibió tanto amor de sus seres queridos. Su desaparición física deja una estela de amor incondicional y de vida ejemplar hacia su familia, y personas que fuimos cercanas a él.
Una vez le pregunté cuál era la peor actitud que podía tener un ser humano, y su respuesta fue: el ser obsesivo. Obsesión por el poder, por la riqueza, por los objetos materiales. Él era un hombre desprendido y lleno de sabiduría.
El doctor Joaquín Vijil era un hombre culto, cursó su primaria y secundaria en Francia, obtuvo su doctorado en leyes en Suiza y sacó una especialidad en Nueva York. Sin embargo, jamás lo oí utilizar palabras de idiomas extranjeros cuando hablaba español o hacer gala de su bagaje intelectual. Él decía que la cultura no se enseña, ella se muestra sola.
Él hacía que las otras personas con quienes conversaba se sintieran el centro; nunca hablaba de sí, más bien le gustaba formularles preguntas para que expusieran sus puntos de vista, resaltando lo positivo de los planteamientos de sus interlocutores.
Tampoco lo vi que juzgara a nadie. Y como persona y abogado era de la opinión que la prevalencia de la justicia, la honestidad y el respeto a los demás estaban por encima de todo.
Era amante de la pintura. Con una memoria prodigiosa, fácilmente podía referirse a los grandes pintores y a las escuelas de las que provenían. Lo mismo se podía pasear por los museos y palacios u obras monumentales de Europa como si hubiese estado ahí la semana anterior. En 1990, en un viaje que hizo a San Petersburgo a la edad de 80 años fue a visitar el Ermitage con su hija Mireille. Me cuentan que parecía un niño subiendo y bajando las escaleras del museo.
El día que murió mi abuela yo estaba fuera de Nicaragua. Tuve un sueño en el que vi a mi abuela con una cara luminosa, llena de felicidad. Le dije a la madre de mis hijas: se murió mi abuelita, vino a despedirse. Media hora más tarde recogí la correspondencia, había una carta del doctor Joaquín Vijil dirigida a mí en la que me decía: Querido Melvin el día de hoy murió tu abuelita, mi más sentido pésame. Ese era el doctor Joaquín Vijil un hombre lleno de detalles.
Con este humilde reconocimiento quiero manifestar que los múltiples momentos compartidos con él fueron de mucho aprendizaje, y siendo el abuelo de mis hijas, un gran honor y de las mejores cosas que me pudo haber sucedido. Gracias Mireille, por vos conocí a un gran hombre, que como él hay uno en un millón. Su ejemplo es un referente muy importante de vida para todos los que lo quisimos y admiramos.
El autor es sociólogo.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A