Militza Matute es otra. Ya casi se parece a ella misma en otro tiempo. A la Militza de 2010. Ahora ríe. Habla. Va y vuelve, se mueve, saluda, reconoce y hasta recuerda. Ha renacido Militza.
Hace apenas tres años no hacía nada de estas cosas y a sus entonces 21 años en vez de motivos para reír y planear una vida, acumulaba diagnósticos médicos que la condenaban a morir: tres veces la desahuciaron y le pusieron límite a su existencia: cuatro años le quedan para morir, le dijeron a su mamá y Militza, quien no hablaba ni se movía, pero oía y entendía, dedicó sus fuerzas a llorar.
Pero ocurrió un milagro: acompañado de medicina natural, un médico nicaragüense oriundo de la costa Caribe, radicado en California, Estados Unidos, le desapareció las contracciones musculares que le impedían moverse y suprimió los problemas neurálgicos que atenazaban a una silla de ruedas a Militza Matute Martínez, hoy de 24 años y sobreviviente a un oscuro episodio de violación.
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Esta historia de Militza comenzó el 22 de mayo de 2011. Ese día regresó de Venezuela, a donde había viajado un año atrás para estudiar en la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) Salvador Allende, en Caracas.
Había ido becada por el Gobierno de Nicaragua y su sueño era ser pediatra.
Ana María Martínez, madre de Militza, recuerda que el 19 de mayo de 2011 recibió una llamada telefónica de la directora de la ELAM, doctora Sandra Moreno, para pedirle que fuera a recibir a Militza al aeropuerto internacional de Managua, ya que la habían dado de baja por una depresión “por no adaptación” en Venezuela.
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“Para nosotros el 22 de mayo de 2011 inició toda nuestra pesadilla, al llegar al aeropuerto y recibir a Mili en la sala VIP y ver que mi hija no me reconocía, ver su mirada perdida, fue para mí algo que todavía al día de hoy no logro entender. Según ellos era una simple depresión que traía, pero la realidad era otra”, solloza todavía Ana María.

No era para menos. Militza había bajado en silla de ruedas, con la mirada perdida y carente de emociones. Treinta minutos después y ella apenas pudo reconocer a su madre. Dijo algunas incoherencias y solo se le entendió una frase: “Quiero gallopinto”.
Una vez en casa, en el barrio Central de Bluefields, Caribe Sur de Nicaragua, Militza no pudo comer por sí misma su plato de gallopinto. Tomar una cuchara era, simplemente, imposible.
“Así pasamos 29 días hasta que un 21 de junio (2011) las cosas se pusieron peores al decirme Mili que había sido violada dentro de las instalaciones de la ELAM por un monitor de nombre Luis González. Ese día fue feo, ver cómo se orinaba, cómo le bajaba su periodo y ella en ese charco de sangre y orines… nos abrazamos a llorar, ahí entendí sus temores”, contó Ana María.
Entonces comenzó la lucha por rescatarla de ese estado. Ana María, acompañada de Militza y de un voluminoso expediente médico que le entregaron de Venezuela, tocó puertas y buscó apoyo del partido de gobierno (FSLN).
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Logró entrevistarse con el vicecanciller Valdrack Jaentschke.
“Él me dijo que no tenían nada que ver con los becados, que buscara cómo ir a la embajada de Venezuela, que eso podía pasar en cualquier lado, así fue que un 28 de julio de 2011 viajé con Militza a Managua acompañada de un rollo de cartas”, explicó la madre de Militza.
Esas cartas eran para la Presidencia de la República, Instituto de la Juventud, Embajada de Venezuela y otras instancias. Pedía ayuda para tratarla medicamente y para investigar qué había ocurrido en Venezuela.
Obtuvo una respuesta: Militza fue ingresada el 4 de agosto en el Hospital Militar. Sicólogos, neurólogos, internistas y psiquiatras la atendieron con esmero, pero 20 días después de estar internada, Militza empeoró.
Un médico la declaró desahuciada el 12 de septiembre, debido a un extraño desarrollo de encefalopatía mioclónico epiléptica y progresiva, una enfermedad cuyas causas “generalmente se deben a trastornos genéticos, degenerativos, con mal pronóstico para la vida y la función vital”. Nada podían hacer por salvarla, dijeron.
Militza fue dada de alta el 27 de septiembre (2011), tres días antes de su cumpleaños número 21: “El más amargo de todos”, recuerda Ana María. Solo le daban cuatro años de vida. O menos.

La estancia en el hospital la costeó el FSLN. El 23 de octubre, Ana María llamó a Bosco Castillo, entonces director del Injuve, para preguntar por la ayuda del arrendamiento en Managua, porque lo convenido era por seis meses, tiempo estimado al inicio de los tratamientos para que Militza se recuperara en la capital.
“Bosco me dijo que ya había hablado con el director del Hospital Militar y que por tanto ya no me volverían a ayudar, que agarrara a mi hija y que me la trajera a morir a mi casa”, relata la madre.
Tocó entonces otras puertas: fueron a los medios, a los organismos de derechos humanos y organizaciones no gubernamentales. Colectas, campañas de ayuda de los Boys Scouts, jornadas de apoyo radial en Bluefields y gestiones de amigos y de la familia, lograron que Militza viajara en noviembre al Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas de La Habana, Cuba.
Allá le diagnosticaron distonía mioclónica y Disinesia tardía por neurolépticos, una enfermedad provocada en el sistema nervioso por mala administración de un medicamento usado en tratamientos psiquiátricos.
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Al igual que en el Hospital Militar de Nicaragua, en Cuba a la mamá de Militza le volvieron a preguntar: ¿Qué coño le dieron a tu hija, mujer?
Para febrero del año 2012 lo recaudado se había esfumado en los costos del tratamiento y el hospedaje, por lo cual pidieron apoyo al Gobierno de Nicaragua para continuar con los tratamientos de Militza en Cuba.
No hubo respuesta, solo amenazas
El 16 de marzo de 2012, ante el abandono del Gobierno a Militza y la negativa oficial de investigar la violación en Venezuela, Ana María decidió hacer pública sus denuncias con el acompañamiento del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos.
“Después de las denuncias, en la noche, recibí una llamada anónima donde me amenazan diciendo que dejara de estar hablando m… que dejara de estar poniendo en mal al compañero presidente Hugo Chávez y al compañero presidente Daniel, que ellos sabían dónde estaba. Yo les dije que llegaran, aunque por dentro sentía mucho miedo”, narra Ana María.
Luego de esa llamada a Militza le negaron atención y tratamiento en el sistema de salud público.
Comenzaron entonces a llegar las pequeñas donaciones de personas fuera del país que sin conocerlas enviaban dinero de todas partes del mundo. “Así logramos sobrevivir dos años y medio”, recuerda Ana María, quien ya para entonces había suspendido sus estudios de Comunicación Social para atender a Militza, su hija de en medio, entre un hermano menor y una mayor.
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“Militza fue llevada a Miami por unas personas que nos contactaron por Facebook, así a finales de julio de 2012 llegamos a Miami donde la atendió el neurólogo Sergio Jaramillo, él dijo que la condición de la joven era crítica y que por tanto no podía emitir un diagnóstico porque se necesitaba realizar pruebas genéticas”, dice la madre de Militza.

La declaración médica fue considerada como una sentencia de muerte irreversible por algunas personas, no se sabe si por error, por ignorancia o mala intención, pero así se emitió en notas de prensa y redes sociales.
¿Quién querría ayudar a una mujer condenada a la muerte? La declaración médica de un estado de salud irreversible de Militza afectó la voluntad de mucha gente que la apoyaba: “Dejamos de recibir ayudas para los gastos médicos para enfrentar la enfermedad”.
“Esa publicación falsa fue muy negativa para Militza, pero Dios siempre puso una luz en nuestro camino. El señor Mario Ibarra, costeño nicaragüense radicado en California, nunca perdió la fe e insistió con varios amigos médicos en ese Estado, pero muchos respondieron en base a la publicación: ¿Para qué ayudar a alguien que no tiene esperanzas de sobrevivir?”
Sin embargo hubo otro médico, también costeño nicaragüense radicado en California, el doctor Elmer Symonett, quien aceptó el reto de tratar a Militza.
Symonett estudió el caso y llegó a la conclusión de que Militza no padecía ningún mal genético.
“Para él lo que tenía era o consecuencia de una anestesia mal suministrada en una operación que tuvo en Venezuela (operada de apéndice en 2010), o medicamentos mal suministrados, entre otras hipótesis; él me envía un medicamento natural que es pagado por un grupo de personas en Estados Unidos, con este medicamento Militza tras dos meses y diez días de tratamiento se levantó de la cama”, dice Martínez.
El tratamiento consta de unas gotas oxigenantes que desintoxican el organismo y regeneran células.
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“Me atrevo a decir que regeneran hasta las neuronas porque hoy mi hija recuerda todo, desde su niñez, amistades, fechas y eventos que para ella han sido muy especiales, habla cada día mejor, camina casi perfectamente”, dice riendo la madre, mientras ve a Militza caminar de un lado a otro en la labor de ayudar a despachar en la pequeña pulpería de la casa.
Tanto ha mejorado, que Militza hoy está a dieta “para no perder la línea”: pesa 123 libras, pero en la peor etapa de su crisis bajó peligrosamente a 65 libras.
Antes de Venezuela, su peso era de 120 libras, así que las tres libras de más tienen “preocupada” a Militza, se siente obesa. Ha recuperado la coquetería y la autoestima de una chica de su edad.
Ahora tiene la ilusión de volver a la universidad el próximo año, pero ha decidido cambiar de carrera ya que Medicina le trae malos recuerdos. “El otro año voy a matricularme en la Bluefields Indian and Caribbean University para estudiar Contabilidad, seré una profesional de la contabilidad”, dice Militza, quien pese a todo aún muestra dificultad para desarrollar totalmente el habla.
También tiene una propuesta de trabajo que la ilusiona, gracias al apoyo de la escuela cristiana donde estudió su bachillerato y la ayuda de un pastor de Pennsylvania.
“Va a trabajar como asistente de una maestra de preescolar, ella está ilusionada porque quiere aportar a la comunidad”, detalla su mamá.
Dos años atrás, las resonancias magnéticas indicaban que el cerebro de Militza estaba casi destruido.
Hoy los resultados son otros, los encefalogramas salen normales y las resonancias demuestran daños mínimos.
“Como dijo el doctor Symonett pregúntele a Dios cuánto más mejorará mi hija”, ríe y llora Ana María.
Como recuerdos de aquellos días aciagos, a Militza le quedan medicamentos anticonvulsivos y una silla de ruedas especial para pacientes con discapacidad motora.
“Donaré eso a quien lo necesite, solo tienen que buscarme a través de LA PRENSA”, dice Ana María, mientras ve a Militza ayudar a su hermana Januaria, cargando a su pequeña bebé.
El caso quedó oficialmente cerrado por parte del Estado.
Según Ana María, el procurador general de la República, Hernán Estrada, le dijo que el caso estaba “clasificado” y “archivado” por Nicaragua, pero ella, quien jura tener por abogado, médico y amigo a Dios, dice que seguirá abogando por justicia hasta que ya no pueda más.
Quizás, y solo entonces, callará.