En su último artículo en el Miami Herald el muy conocido periodista y analista Andrés Oppenheimer establece, de hecho, una singular tipología en cuanto al desarrollo de los países: por un lado, aquellos países financieramente responsables que “tratan de no gastar más de lo que ganan y procuran ahorrar para los años de las vacas flacas”, y países irresponsables macroeconómicamente.
Entre los primeros Oppenheimer sitúa a México, Colombia, Perú, Chile, Panamá y Paraguay, entre otros. Pero lo nuevo de la tipología del mencionado periodista no está en cuanto a países responsables y no responsables en su política macroeconómica, sino que los irresponsables los divide entre aquellos a los que se les “terminó la suerte”, porque la relativa mengua en el boom de los precios de las materias primas alimenticias y minerales se ha combinado con sus excesos de gasto, típicamente Argentina y Venezuela que enfrentan grandes desequilibrios inflacionarios y financieros, y aquellos a quienes “la suerte les dura”, y aquí sitúa a Bolivia y Ecuador.
Oppenheimer no menciona a Nicaragua, de modo que cabe preguntarnos, ¿en qué lugar dentro de esas tipologías está nuestro país?
En cuanto a la vieja tipología de países responsables e irresponsables en su política macroeconómica, no cabe duda que en los años de gobierno de Ortega desde 2007 —por el aprendizaje, en buena hora, de la experiencia de los ochenta— se ha mantenido la responsabilidad macroeconómica iniciada en el gobierno de Violeta Chamorro.
Pasando a la nueva tipología, la que divide a los países según el uso que han hecho de “la suerte”, la respuesta ya no sería tan afirmativa frente a la pregunta de si se han aprovechado bien o no las condiciones externas, excepcionalmente positivas, que Nicaragua ha tenido durante los años recientes.
En varios de mis artículos he mencionado que el gobierno de Ortega se inició en 2007 en bastante mejores condiciones —de inflación, déficit fiscal, deuda y financiamiento externo— que cualquier otro gobierno en los treinta años anteriores. Y la economía ya estaba creciendo, a tasas similares a las de los años recientes. A lo anterior se agregó, por primera vez en mucho tiempo si acaso no en nuestra historia, el primer boom sincronizado en los precios de todos nuestros productos de exportación, y un flujo de cooperación externa neto, por la cooperación venezolana, inmensamente mayor que el de gobiernos precedentes. Y ya no digamos las remesas que se han prácticamente duplicado. Es decir, hemos tenido una suerte de lotería externa. Entonces la pregunta que corresponde es: ¿se ha aprovechado bien o suficientemente esa suerte de lotería externa?
La respuesta a esa pregunta, como dije, no puede ser afirmativa. Así lo sugiere el hecho de que la economía se ha desacelerado y, en el caso de la inversión privada bruta, de la cual depende en gran parte el crecimiento futuro, más que desaceleración hay un desplome.
Las condiciones externas de nuestro país siguen siendo básicamente positivas, de tal forma que —a diferencia de otros países— la desaceleración de la economía no se explica por un cambio en esas condiciones, sino sencillamente porque los motores internos de nuestra economía, entre ellos la productividad, no se han fortalecido aprovechando los años de mayor bonanza. No es entonces que haya cambiado la suerte, sino que la suerte no ha sido bien aprovechada.
La evolución reciente de nuestra economía fue documentada esta semana con el último informe trimestral de la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social (Funides). Como corresponde a una institución profesional y apartidaria, el informe de Funides documenta los claros y los oscuros de la evolución reciente, de modo que también refleja, en cuanto a los claros, el buen nivel de reservas internacionales, el bajo coeficiente de la deuda en relación al producto, y el manejo responsable de la política fiscal y financiera.
Amén de que el desarrollo de un país no se puede dejar a la suerte, esta misma semana ha sido noticia que la caída en los precios del petróleo podría llevar a Venezuela a un grado de mayor insolvencia, que incluso signifique la incapacidad de pagar su deuda. Sin duda que si la cooperación venezolana entrara en un entredicho las condiciones macroeconómicas de nuestro país se resentirían, y quedaría en evidencia que esa cooperación ha sido utilizada para “suerte” de Ortega, pero no para “suerte” del país.
El autor fue candidato a vicepresidente de Nicaragua.
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