En un Estado democrático, el parlamento es el Poder del Estado más representativo de las distintas corrientes políticas de la vida nacional. En él se transparenta la evolución de las distintas visiones políticas sobre los aspectos cruciales de la sociedad.
De tal manera, que el absolutismo, al consolidarse, desnaturaliza forzosamente la función parlamentaria. Tanto porque debe restringir el debate de ideas (dado que la sumisión absoluta requiere que se les extraiga a los ciudadanos la facultad de pensar por cuenta propia), como por la necesidad de encubrir la realidad política con una demagogia ramplona, que a simple vista resulta anacrónica. Es decir, el orteguismo intenta producir una alienación que deforme la conciencia ciudadana más por la descomposición social (por medio de la degradación moral y, peor aún, por la ignorancia), que ideológicamente.
El absolutismo, por tanto, se construye en una sociedad que degenera, como un panal de termitas se construye en un árbol que enferma. El régimen autoritario sufre cambios bruscos y lentos, cuantitativos y cualitativos, en un proceso dictado no solo por las necesidades opresivas de quien consolida dinámicamente un poder absoluto, sino, también, por la reacción de los oprimidos, si es que estos se acomodan o no a una derrota creciente, si se ajustan o no a ver reducidos sus derechos formales y sus derechos reales, comprimidos en espacios cada vez más estrechos.
El ritmo y la amplitud de la superestructura opresiva siguen los flujos y reflujos de las luchas de masas. Sin embargo, hay un enfrentamiento decisivo o, más bien, la disputa por un derecho decisivo, promovida por el opresor, de la cual, según el resultado de la misma se deriva un largo flujo de movilización democrática ciudadana, o un largo reflujo de la capacidad de resistencia de la población.
En nuestro caso, el orteguismo se prepara aceleradamente para ese enfrentamiento crucial, desplegando en varios frentes no solo el control absoluto de los órganos represivos, por la ciega sumisión de los poderes y de las instituciones estatales, sino, también, la desarticulación de cualquier intento organizado de resistencia de las masas, por medio del chantaje amenazante y por la compra clientelista de conciencias.
En este contexto, de guerra civil latente, el orteguismo ha visto la necesidad apremiante de recoger aquellas cuotas de poder parlamentario, en manos de sus militantes, cuya fuente es el voto ciudadano. Así, para cerrar el puño sobre el parlamento, el orteguismo ha inventado la diputación virtual: el cargo de diputado establece Ortega— es del partido, no del parlamentario que ha obtenido el voto ciudadano.
Seguramente, el militante de cada partido es electo diputado por el pueblo para que piense, para que razone las leyes con coherencia dentro de un marco de referencia teórico y programático. O sea, no se le elige en el cargo de diputado para que, por disciplina a un caudillo, vote las leyes limitándose a acatar el mandato de su cabecilla.
La evolución de la democracia formal, por el contrario, induce a una participación y control ciudadano creciente sobre sus representantes. En los Estados democráticos modernos no hay mandato imperativo. Es decir, el diputado no puede regirse por una presión partidaria. Más bien, impera el mandato revocable, que faculta a los electores a sustituir a los diputados antes de su término, sin que medie delito o juicio judicial, simplemente, por razones políticas.
El orteguismo, junto al mandato imperativo promueve, también, el voto secreto de los diputados, para que el parlamentario opositor corrupto pueda vender su voto al gobierno en completa oscuridad, en un recinto mafioso, oculto a la fiscalización ciudadana.
Así, queda en evidencia que la transparencia es para el orteguismo como el agua bendita para un vampiro. Pretende hacerle creer al ciudadano que ha votado por el caudillo del partido, para que este decida qué leyes se deban aprobar en un parlamento clandestino.
Con ello, el Estado vendría a identificarse con el tirano.
Sin embargo, el despotismo orteguista sirve de instrumento represivo para entregar la soberanía a la mafia especulativa (de la cual, es parte). La lucha ciudadana contra la venta de la patria a Wang Jing, centraliza el conjunto de reivindicaciones democráticas, en un enfrentamiento decisivo contra el absolutismo.
El autor es Ingeniero eléctrico
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A