De todas las cumbres que se celebran alrededor del mundo ninguna tiene la trascendencia de la que comenzó ayer en Roma. Técnicamente se trata de un sínodo de obispos, no de una cumbre de gobiernos, pero supera en importancia a cualquiera de estas porque abordará la temática de la célula más importante de la sociedad y de la que depende, como de ninguna otra, la felicidad y destino de la raza humana: la familia.
El papa Francisco ha rogado orar por este evento. La familia está en crisis, acorralada por muchas influencias culturales. La epidemia de divorcios, separaciones, hogares monoparentales, embarazos adolescentes y violencia doméstica, son resultado y testigos de dicho asalto. Su cosecha son niños y niñas traumadas y jóvenes empobrecidos con las tasas más altas de fracaso escolar, delincuencia y drogadicción.
Entre las raíces de estos males sobresale el desprecio al matrimonio, entendido como la unión permanente o indisoluble de hombre y mujer, para el mutuo apoyo y la procreación. Bajo la influencia del cristianismo y el derecho natural, el matrimonio fue exaltado milenariamente como institución clave del orden social. La Iglesia lo elevó a la categoría de sacramento indisoluble y los gobiernos, conscientes que el interés de la prole era mejor servido por matrimonios estables, legislaron a favor de su protección y continuidad. El entorno cultural también cooperaba. Casarse era el ideal de los jóvenes; la sexualidad tenía su razón de ser en el contexto matrimonial, y el divorcio, así como tener hijos naturales o ilegítimos, era mal visto.
Evidentemente había, como siempre, incoherencias y dobles estándares. Al hombre, sobre todo en las culturas machistas, se le toleraba violaciones a las normas, como ser infiel o echarse “queridas”.
Luego, bajo la influencia del individualismo del siglo XIX, se permitió el divorcio, aunque sin dejar de conceptuarlo como un desenlace indeseable. El Estado buscaba limitarlo e imponía la obligación de distinguir entre el cónyuge culpable del inocente, asignando mayores cargas al primero y protecciones al segundo.
Todo cambió con el advenimiento de la revolución sexual y el individualismo radical de los años sesenta, en sí derivados del relativismo o la no creencia en normas morales objetivas de validez universal. Una de sus consecuencias fue el divorcio unilateral, decretado por primera vez en 1970, en California. Se eliminó el concepto de cónyuge inocente o culpable y el divorcio comenzó a concederse sin más trámites, a petición de parte. Nicaragua adoptó esta modalidad en 1987, bajo el gobierno de Ortega. Otra reforma debilitante fue conceder igual protección a las parejas unidas en concubinato (unión libre) que a las unidas en matrimonio, haciendo equivalentes ambas instituciones.
Hoy son muchos los que pretenden extender los derechos del matrimonio a uniones del mismo sexo, incluyendo el de adoptar, y quienes consideran “obsoletos” ideales como la castidad prematrimonial o el casarse “hasta que las muerte los separe”. Ahora predomina el matrimonio descartable, “hasta que las ganas los separen”; la ley de la libertad absoluta; el rechazo a los compromisos; el fin de las ataduras. ¿Y los niños? Que se frieguen. Atrás quedaron las viejas preocupaciones por proteger a la prole o el concepto de que los niños(as) tienen derecho a ser criados por sus padres biológicos, en un hogar estable. Ahora reina supremo el interés individual.
Reivindicar la familia matrimonial, es nadar contra corriente; al igual que promover la continencia sexual, la fidelidad y el vencimiento propio. Por eso es natural que Francisco no quiera que dejen solos a los obispos sinodales en sus esfuerzos por construir, lo que San Juan Pablo II llamó “la civilización del amor”.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.