Tal vez una de las imágenes que se me ha quedado grabada en la memoria fue contemplar, unos años antes de la caída de Somoza, la convención del PLI en León. Bajaron la mayoría de los convencionales de un bus frente a la vieja Catedral, todos ellos ancianos, sus cabellos encanecidos por los años, vestidos con dignidad, pero reflejando pobreza. Habían pasado combatiendo toda su vida a la dictadura y no habían claudicado, fueron cayendo muchos de ellos, marcado cruces en la historia doliente de esta patria. El que más me impresionó fue el doctor Adán Selva (un patriota olvidado), su oratoria era electrizante, hierático, despotricó contra la dictadura y contra la corrupción en su partido. Más que un hombre parecía un dios griego, lanzando rayos e hiriendo conciencias, coronado de honestidad, amor de patria y valor. Sin embargo, Somoza, pero más que Somoza, el tiempo los había derrotado.
A la mayoría de los políticos no sandinistas les está pasando este fenómeno, se los está comiendo el tiempo y por desgracia nadie ha creado la generación que pueda reemplazarlos. El gobierno del presidente Ortega cada día, luce más consolidado, gozando según las encuestas de un enorme porcentaje de respaldo popular, controlando todo el aparato del Estado y no teniendo ninguna oposición creíble a su mandato. Todo parece indicar que el presidente Ortega ha derrotado a todos, de manera que tengo que llegar a la misma conclusión de la famosa columnista del Washington Post, Anne Appllebaum, al referirse al presidente ruso: “tenemos Putin para veinte años”. “Tenemos Ortega para veinte años”.
Ante esa realidad tan clara como la luz del día se dan dos posiciones. La primera la resume un fino y distinguido amigo, quien dice: “Mi generación cumplió. Teníamos un tren que no era un expreso, ni un eléctrico, pero era nuestro tren. Lo construimos con grandes esfuerzos y sacrificios, con sangre, lo pusimos sobre los carriles y marchaba, pero después lo descarrilaron y ¡esa no es nuestra culpa! El tiempo se nos vino encima, y ahora lo que nos toca es aconsejar, dar luces, pero ante todo dar paso a los jóvenes, para que sean ellos los que retomen el reto de refundar la República y hacer de Nicaragua un Estado social de Derecho y democrático”.
La segunda posición está compuesta por personas que todavía se niegan por diferentes razones y motivos a ver la realidad que producen los años. Se aferran a seguir siendo actores en una comedia que hace mucho tiempo pasó de moda, quieren ser como las momias que reflejan la muerte y el pasado y están ahí para impedir el paso.
El problema de fondo no es si un nuevo Cayo Julio César Augusto resume en su persona todo el poder y dirige y controla la República, instaurando así el principado. El problema está en que cada día los espacios tanto políticos como económicos se cierran, el futuro se esfuma, la vida se encarece, la sociedad se vuelve a cada paso más desigual, el emigrar a otras tierras, el abandonar el terruño, el ver en otras fronteras el futuro negado, se vuelve cotidiano y común para el nicaragüense.
Somos el país más pobre de la región, pero al mismo tiempo el que tiene a las personas más ricas. El país en donde la miseria crece y la concentración de riquezas se afianza día a día. El país más estable, pero al mismo tiempo el país que así como va es una bomba de tiempo que estallará algún día, no sé cuándo, pero sí sé que estallará.
Lo triste de esta historia es que nosotros (y en esto incluyo a moros y cristianos, a los que gobiernan y a los gobernados, a las cúpulas de poder y al pueblo llano), después de una larga dictadura, de una revolución, de un exilio masivo, de una guerra fratricida, no hemos aprendido absolutamente nada, como decía Talleyrand el famoso ministro de Napoleón. Seguimos creyendo que somos eternos, la fiebre del poder, la ambición y el enriquecimiento ilícito nos consume, nos olvidamos del mensaje de Tomás de Kempis. “El hombre pasa, como las naves, como las nubes, como las sombras”.
El autor es abogado
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