Es sorprendente la cachaza del pueblo nicaragüense de los tiempos actuales para permanecer quieto e indiferente mientras se deja imponer —lenta, pero seguramente— el yugo en la nuca. Todo a su alrededor se encarece y se enrarece, los derechos humanos se restringen, pero por lo general el pueblo agacha la cabeza, sin mucho ánimo de protesta.
Se observa que la gente se deja manipular y someter como si ese fuese su destino y hay que aceptarlo sumisamente. Sistemáticamente se le recuerda al ciudadano que es pobre y que el Gobierno lo va a sacar de la pobreza con algunas regalías esporádicas de algún valor. Es decir que se le da el pescado, pero no se le enseña a pescar ni se le entrega el anzuelo.
Todo el entramado del régimen actual a diario bombardea a la población transmitiendo el mensaje de que es una virtud ser pobre y que llegarán a ser felices con las dádivas que les entregan para que mantengan la ilusión de que el hermano mayor no solo los vigila, sino que se preocupa por los pobres porque ellos no tienen la estatura suficiente como para incorporarse por sí mismos y dominar su entorno.
Estos estribillos se repiten con tanta insistencia —golpeando la dignidad humana— que la gente llega a creer que todo eso es cierto y que el hombre fuerte en el poder es la solución, hasta que el ciudadano llega a sentir lástima de sí mismo, pensando que es inútil y que no puede cambiar su situación.
Así aflora y se arraiga la baja autoestima de la población, que queda convencida de que no hay nada que hacer para remediar sus males, que no tiene la capacidad de cambiar las cosas, soslayando la verdad que en este planeta todo cambia, que el ser humano tiene la facultad innata de cambiarse a sí mismo y cambiar lo que se proponga, que el quedarse estático va en contra de su propia naturaleza.
Para poner un ejemplo, cuando alguien señala que aquí se podrían implementar medidas que se utilizan en países desarrollados para modernizar el país se argumenta que esos sistemas aquí no funcionan, lo cual revela la baja autoestima como colectividad o la falta de voluntad para coadyuvar en el progreso integral de la nación.
Por eso es que hay quienes piden que no se compare la situación actual de Nicaragua con países desarrollados. Y entonces, ¿con cuáles hay que compararse? ¿Con los peores, para consolarnos y sentirnos mejor, aun estando postrados y sin verdaderas señales para salir de la postración?
Al no hacer nada para defendernos de los diarios y sistemáticos embates de parte de las autoridades del régimen de corte totalitario estamos aceptando que no tenemos derechos, solo obligaciones, que no valemos como personas ni como ciudadanos, a tal grado que la gente se traga sin chistar todas las mentiras, desmanes y atropellos a los derechos humanos y contra las ansias naturales de la ciudadanía de vivir en paz, en libertad, con justicia social y con verdaderas oportunidades de progreso económico, social y cultural.
Todo comenzará a cambiar cuando el nicaragüense —quien actualmente se encuentra agobiado, derrotado, impotente, anonadado— levante la cabeza, eleve su autoestima y reclame individual y colectivamente su espacio bajo el sol, asumiendo su destino en sus propias manos. Cuando de consuno y al unísono diga en voz alta y clara: Basta ya de manipulaciones, basta ya de manoseos, basta ya de atraso, basta ya de caudillos anacrónicos.
El autor fue dirigente sindical cristiano.
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