Hace unos meses cayó en mis manos una fotocopia de un Escrito a Mano de Pablo Antonio Cuadra. Se trataba de una especie de autoconfesión escrita de su puño y letra de dos encuentros personales que tuvo con Sor María Romero Meneses antes del terremoto de 1972 y antes de la guerra de 1979. A continuación la expongo textualmente:
“Sor María tenía la estatura de los santos que es la Humildad. Por eso hacía prodigios de caridad y milagros como sin darse cuenta, con una transparencia de alma encantadoramente ingenua, de tal modo que se cumplía exactamente lo que decía: yo no fui, fue María Auxiliadora: el vidrio de su humildad lo dejaba a uno frente a frente con la Divinidad como la cosa más natural del mundo.
“Sor María Romero me tuvo mucho cariño. Yo aprendí a leer en el colegio de María Auxiliadora de aquí de Granada. Gracias a esa amistad pude asomarme al prodigio de su alma: bendición de Dios de haber podido acelerarme el misterio de la santidad que es como asomarme por una hendija al cielo. Por esa amistad, quiero entre bellos recuerdos dar testimonio hoy de un prodigio de esta monja santa y de mi pecado de haber dudado y desobedecido a su palabra.
“Unos pocos meses antes del terremoto de Managua, una joven —Nila Argüello— llegó a LA PRENSA con una razón de Sor María. Que Pablo publique en el periódico que viene un terrible flagelo para Managua, que hagan penitencia, que tengan caridad, que cesen los crímenes, que las mujeres sean ejemplo de moralidad en sus vestidos y costumbres.
“Recuerdo haberle contado a Pedro Joaquín (Chamorro) el mensaje. Y como los dos opinamos que publicar una razón así parecería que nos erigíamos en profetas, y si decíamos que quien daba la alerta era Sor María, iban a verlo como una pretensión, y que incluso tal vez era exageración de la joven Argüello.
“Días después volvió a llegar esta joven, y volvió a repetirme el mismo mensaje y me agregó: Sor María dice que es algo terrible y que yo no voy a verlo.
“No sé cuántos días después la joven murió de pronto y llegando la Navidad la profecía se cumplió como un rayo: Managua fue destruida. Yo me quedé consternado y no me perdono la ligereza con que actué ante la razón de Sor María.
“Dos años después o cosa casi, me encontré en la capilla de María Auxiliadora de Xalteva con Sor María en un entierro. Me acerqué a ella y le dije: Perdóneme Sor María, que cometí el pecado de Jonás negándose a predicar la destrucción de Nínive. Lo hice porque creí que se iban a burlar de sus predicciones.
“Y ella, con la sencillez, la naturalidad que distinguía su trato me respondió: No te atormentes. Ahora ya pasó. Pero bajando la voz agregó: Lo malo es que viene un baño de sangre sobre nuestra patria.
“Estaba a mi lado oyendo, mi tía Margarita Cardenal de Chamorro, madre de Pedro Joaquín Chamorro, primera víctima del baño de sangre que la monjita acababa de anunciar. Hay que orar mucho, mucho nos dijo al final.
“¿Cómo puede el ojo humano asomarse al futuro? Yo no lo sé pero doy testimonio de estas dos terribles voces con la profecía de una santa”. Hasta aquí PAC.
Dado que la historia continúa, ¿qué podríamos vaticinar para el futuro? ¿Será necesario que otra Sor María Romero nos venga a profetizar las consecuencias del futuro por las irresponsabilidades de nuestro presente?
La confesión de PAC hoy nos deja perplejos. Él pudo mirar ese futuro a través de una santa monja. Hoy la situación no ha mejorado. ¿Tendremos todavía la oportunidad de saber qué nos depara el mañana? El autor es filósofo y catedrático universitario.
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