Si la Catedral de León constituye la joya más preciada de la arquitectura colonial en Centroamérica, y su reconocimiento por las Naciones Unidas al elevarla a la categoría de Patrimonio de la Humanidad es un honor para todos los nicaragüenses. Si la colección de Arte de la Fundación Ortiz Guardián (la más larga y completa colección de ese tipo en todo el istmo que va en la pintura europea desde el siglo XV al XVII, incluyendo el gótico, el renacimiento y el barroco, hasta el arte moderno de nuestros días) constituye el ejemplo más explícito de lo que un banquero como Ramiro Ortiz Mayorga puede hacer por el amor a su ciudad natal. Si el ambiente romántico y las miles de expresiones del barroco latinoamericano, plasmado en los altares, cúpulas, y frontispicio de Sutiaba, San Francisco, la Recolección y tantos cienes de sitios que encierra esta ciudad de embrujos, vuelven a León un lugar que deslumbra al turista. Si la modernidad se comparte en la plaza central, frente a la imponente Catedral, la capilla gótica de la Asunción y el edificio emblemático del Colegio Tridentino de San Ramón, donde naciera nuestra universidad, al poder conectarse totalmente gratis al internet vía: (wi-fi-red inalámbrica). Si el Museo Archivo Rubén Darío, la casa del poeta niño, su entorno familiar, sus trajes de diplomático, su cara cadavérica, no fuese un lugar obligatorio de visita para todo aquel que se dice llamar nicaragüense. Aparte de todo eso, hoy León añade a su rico patrimonio un nuevo museo.
Esta vez significa el homenaje tardío a un patriota que se inmoló creyendo que con su sacrifico despejaría de la historia nacional la figura triste y tenebrosa de los tiranos. La restauración de la vieja Casa del Obrero, lugar donde en la noche del 21 de febrero de 1956 Rigoberto López Pérez, un poeta y místico, balaceara al presidente Anastasio Somoza García, se hacía necesaria y era una vieja cuenta que se le debía a la ciudad.
El trabajo realizado por la arquitecta Ana Patricia Toruño S. es excelente, el artesonado y cielo falso de la casa fue rescatado para la posteridad de las polillas y comejenes por el ingeniero José Antonio Cordero. Un imponente mural realizado por el maestro Ricardo Morales trata de aleccionar al visitante, sobre lo ocurrido la noche en referencia. El retrato de Rigoberto en un costado, la Catedral inmensa, dorada y majestuosa, y en el otro extremo los compañeros del actor: Edwin Castro, Ausberto Narváez, Cornelio Silva.
En mi opinión hay dos grandes ausentes: Somoza García, la víctima esa noche, en ese momento el jefe del Estado y el hombre que construyó todo un sistema que duró largos años que con todos sus claros y oscuros, es parte de la historia del país y no puede ser ignorado.
El otro gran ausente es el doctor Enoc Aguado Farfán, sin él no hubiese sido posible el magnicidio, él que representa al verdadero liberalismo patriótico, él que había sufrido en carne propia el escarnio de lo que significa que le roben una elección presidencial (1947). En el dintel de su ancianidad es el que le provee las cartas credenciales de presentación ante el exilio nicaragüense en El Salvador a Rigoberto, y lo financia para que pueda llegar a esa capital y sea entrenado por exguardias nacionales, para llevar con éxito su objetivo, introducido por su ahijado Edwin Castro.
Hay que felicitar al alcalde Gurdián Vigil por esa obra. Sin pena y desde mi posición de opositor al actual gobierno lo digo, es un trabajo excelente, ojalá que la nueva institución sea manejada sin ninguna tendencia partidaria, que se respete la memoria de Rigoberto que nunca fue ni perteneció a lo que ahora llamamos Frente Sandinista, ni mucho menos pertenece a su historia. La casa es un monumento nacional, es como una gran piedra de sacrificio. Es el punto de referencia que todo aspirante a perpetuarse en el poder tiene que visitar, para que no le pase lo que le pasó al más clásico de todos los de esa estirpe, Cayo Julio César, quien al ser apuñalado nos dejó para la inmortalidad su sorpresa. “Tú también hijo mío”. El autor es abogado
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