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Lucydalia Baca Castellón
Hace ocho años Agapito Escobar Navarro fue uno de los primeros agricultores panameños que aceptó participar en un proyecto que prometía elevar los niveles de hierro, zinc y calcio en el frijol, maíz y arroz que producía para el consumo de su familia.
Los objetivos primordiales del programa eran garantizar la seguridad alimentaria, contrarrestar los niveles de desnutrición y a la vez reducir la pobreza. Pero lo que más atrajo la atención de Escobar fue que también ofrecía elevar el rendimiento de los cultivos.
Desde 2012, Escobar es uno de los casi 50 pequeños agricultores del distrito de Olá en la provincia de Coclé en Panamá, que se dedica a la producción de autoconsumo de arroz, maíz y frijol biofortificado; y de semilla de estos productos para compartir con otros agricultores de la zona.
“Antes solo hacíamos una siembra al año, la de secano, pero ahora con el sistema de riego hacemos tres. Los rendimientos también se han elevado. Antes en nuestras parcelas de doscientos metros cuadrados producíamos entre uno y dos quintales de arroz y ahora producimos hasta cuatro quintales”, indicó Vicente Castrellón Fernández, de la comunidad Hijos de Dios en Olá.
La biofortificación o incrementos de nutrientes de los cultivos de consumo básico en las poblaciones más pobres de América Latina es una estrategia que desarrolla desde el 2004 HarvestPlus con el apoyo de instancias públicas y privadas de los países participantes. Y de otras entidades como el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa por sus siglas en portugués), la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO por sus siglas en inglés) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA).
REDUCIR CARENCIAS
La idea es compensar las carencias nutricionales que registra la población desnutrida en las comunidades más pobres de la región a través de la ingesta de alimentos de consumo tradicional, a los que a través de mejoramiento convencional de la semilla (cruces o injertos) se les incrementa los niveles de nutrientes.
En Nicaragua de 220 mil 553 pequeños productores de maíz, el 76% usa parte de su cosecha como semilla, el 23% usa semilla mejorada cuando la recibe del Gobierno a través de programas y solo el uno por ciento la compra.
Mientras que de los 190 mil 757 productores de frijol, el 75% usa grano que él mismo produce y el 25% semilla mejorada que entrega el Gobierno, detalló Róger Urbina, consultor de HarvestPlus en Nicaragua.
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Pero también se trabaja en Panamá, Brasil, Colombia, Honduras y El Salvador.
El programa pretende garantizar la seguridad alimentaria y reducir la desnutrición a través de la biofortificación del maíz, frijol, arroz, camote y yuca.
La técnica también busca mejores características agronómicas para los cultivos, entre ellas tolerancia a la sequía y mayores rendimientos, para garantizar la disponibilidad de alimentos.
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“Es una alianza entre la agricultura y la nutrición para garantizar la seguridad alimentaria. Sabemos que los biofortificados no acabarán con la desnutrición y la pobreza, pero pueden contribuir mucho a contrarrestarla”, asegura Marilia Nutti, coordinadora del proyecto para América Latina, durante el encuentro internacional de biofortificados realizado la semana pasada en Panamá.
Además del arroz, maíz y frijol, el programa también contempla la biofortificación de la yuca y camote; y no se descarta que en el futuro se incluyan otros productos. Aunque Panamá es el país con menos tradición agrícola en Centroamérica, es el que más ha avanzado en la biofortificación de sus cultivos. Inició en 2006 con el maíz, luego incorporó frijol, arroz y camote.
“A la fecha se han liberado más de once variedades de semilla y para hacer más eficiente el combate a la desnutrición, la inseguridad alimentaria y la pobreza, desde el año pasado se formó el proyecto nacional de biofortificación AgroNutre Panamá, que integra diversas instituciones gubernamentales y el tema es desde hace varios años una política de Estado”, manifiesta Ismael Camargo, del Instituto de Investigación Agropecuaria de Panamá (IDIAP).
Camargo, quien coordina el proyecto de biofortificación, dice que es difícil cuantificar la inversión que se ha realizado. Recuerda que el proyecto tuvo una inversión inicial de 200,000 dólares, pero luego se fueron incorporando más instituciones y cada una ha realizado sus aportes técnicos, en investigación y económicos, por lo que es difícil determinar el monto total de la inversión.
A la fecha el proyecto, según Camargo beneficia a 4 mil familias de las zonas más pobres de Panamá, cada una en promedio tiene seis miembros, lo que eleva el número de beneficiados a 24 mil personas. Los gobiernos de Panamá, Brasil y Colombia son lo que hasta ahora han invertido en el proyecto de biofortificación.
NICARAGUA EN LA COLA
En cambio Nicaragua, que en otros tiempos se preció de ser el granero de la región, es el más atrasado. Desde el 2005 que comenzó a trabajar en el tema ha centrado sus esfuerzos en la investigación.
“Se sacó una variedad pero sus niveles de hierro y zinc no se ajustaban a la meta, pero se liberó por sus características agronómicas y calidad del grano que es muy importante en el país y después de cuatro años comenzamos a hacer un reselección y estamos en el proceso de inscribir otra variedad que el próximo año podría estar liberada y lista para que los productores la utilicen”, manifestó Róger Urbina, consultor de HarvestPlus en Nicaragua.
Según Urbina se están produciendo 20 manzanas de frijol INTA nutritivo e INTA ferroso que son las dos variedades seleccionadas por el programa, por lo que en 2015 se dispondrá de unos 400 quintales de semilla para hacer una difusión masiva entre los productores que deseen utilizarla. Y seguir recopilando información valiosa.
Por su parte, el subdirector del Instituto Nicaragüense de Tecnología Agropecuaria (INTA), Miguel Obando, reconoce que en el país el proyecto todavía está en la etapa de investigación. “A través del CIAT se introdujo germoplasmas con los que se está trabajando en el incremento de los nutrientes y la adaptación a las distintas zonas de cultivos”.
Dichos estudios los realizan el INTA y paralelamente HarvestPlus con apoyo de la Facultad de Ciencia, Tecnología y Ambiente de la Universidad Centroamericana (UCA) realiza estudios de evaluación sensorial, que consisten en analizar el grado de aceptación del sabor de las nuevas variedades y desde la parte de la agroindustria se buscan alternativas para preparar alimentos con productos biofortificados, detalló Miguel Lacayo, coordinador del proyecto en la UCA.
Según Lacayo, aunque aún no se esté produciendo alimentos biofortificados en Nicaragua, desde ahora deben hacerse estos estudios para evitar que una vez que se produzcan sean rechazados. En el caso del maíz y el arroz biofortificados la meta es hacer harina para rosquillas y cereales. También se le agregaría harina de yuca, semilla de jícaro y otros compuestos que le agreguen sabor y valor nutricional.
“En el caso de la merienda escolar que se da en las escuelas públicas, se quiere fabricar una especie de papilla para que en las escuelas solo se le agregue agua o leche y les quede una bebida nutritiva”, explicó Lacayo.
Según Nutti se buscan fondos internacionales para financiar la investigación y producción de estas semillas, pero “los países deben comprometerse a trabajar en el tema” ya que la “meta es que para el 2018 en todos los países participantes se esté produciendo y consumiendo alimentos biofortificados”.
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