Durante la década de los ochenta, el sandinismo generó en sus secuaces una actitud de indiferencia por la vida y una propensión de turbulencia colectiva. Asimismo, a través de sus demandas de lealtad inflexibles, engendró ciertas alianzas permanentes bajo el común denominador del fanatismo, el odio y la intolerancia.
A pesar de la evaporización de sus doctrinas y la auto-destrucción de su movimiento, todavía existen —aunque como parte de una minoría— prosélitos cautivos de esa agrupación. No es necesario trazar el origen, ni delinear la naturaleza de estos individuos, para entender su empeño en mantener latente la efímera idea de sandinismo. La verdad es que el jefe supremo de estos, en su obsesionada búsqueda de perpetuarse en el poder, ha triunfado únicamente en promover y mantener latente un estado mental de fraternidad entre los más deshonrosos miembros de tal asociación.
Estos individuos siguen ciegamente a su líder, el presidente inconstitucional Daniel Ortega sin considerar su propio valor, naturaleza y potencial; ofrecen una devoción intensa e incuestionable a su agrupación; tienden a sentir hostilidad y aversión extrema por las ideas democráticas y son excepcionalmente sensitivos a la crítica. Ninguno de ellos, sin embargo, puede darnos razón de cómo Nicaragua se beneficia bajo el absolutismo y bajo el liderazgo de un crónico antagonista cuyo concepto de la realidad nicaragüense atiende únicamente al capricho y a la ignominia.
Así como Ortega se sirve de este polo social y lo explota como fuerza de choque contra la población civil para imponer su voluntad, de igual manera se sirve del polo opuesto de la sociedad. En este último se cuentan, entre otros sectores, ciertos grupos empresariales. De esa manera, Ortega se sirve de los polos minoritarios para dominar y convertir en una masa inerte a la gran mayoría de la población.
Por un tiempo, desde el 2007, los nicaragüenses íbamos perdiendo el sentido de los valores democráticos. Nos íbamos sintiendo amedrentados por el ambiente político y sabemos que íbamos perdiendo el control de nuestras circunstancias. No nos sentíamos seguros de nuestro futuro y se fue perdiendo la fe de que existen posibilidades de mejorar. De igual manera iba siendo afectada nuestra dignidad.
Pero es precisamente, la convergencia de sentimientos negativos lo que empieza a despejar el camino que conduce al fin de las dictaduras. Y es la misma soberbia de los dictadores la que produce esas precondiciones que resultan ser las semillas del inminente cambio político.
Daniel Ortega cuenta con que el paupérrimo se habitúa a su condición de pobreza, pero se olvida que los nuevos pobres son sus adversarios políticos reales, ya que es difícil arrancarse la memoria de mejores tiempos. Por otra parte, pierde de vista que a los que él está acostumbrando a recibir pequeños favores, una vez que el presupuesto no alcance, también se seguirán convirtiendo en enemigos del régimen.
Los recientes ataques de las turbas sandinistas contra la juventud, contra los ancianos, contra las mujeres, contra poblados enteros, por la razón que al tirano le apetezca, le ha seguido creando opositores.
Los empresarios que se comienzan a ver afectados por la reciente desaceleración económica son muy diligentes en responsabilizar al gobierno, especialmente en este país donde prevalecen las malas políticas fiscales. Y no digamos los que ya ven venir las confiscaciones bajo pretexto del Gran Canal.
Solo queda enfatizar sobre la responsabilidad de los partidos opositores de acelerar su modernización y de no permanecer partidos por la mitad. El autor es economista y escritor
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