Pbro. Marlon Velázquez Flores
“En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra todo era confusión y no había nada en la tierra”. (Gn 1, 1).
La tierra que habitamos es la gran casa que hemos recibido como don y espacio para que nuestra existencia pueda desarrollarse dignamente.
Cuando leemos el primer libro de las Sagradas Escrituras nos conmueve confrontarnos con la imagen de un Dios que antes de dar existencia al hombre y a la mujer les crea un lugar digno y bello. Como un padre tierno, responsable y no dominado por intereses egoístas o exclusivamente económicos Dios se desvive por crear un nicho en el que los seres humanos puedan festejar la existencia. La tierra, las aguas, las plantas, la fauna, los animales, los astros, en fin toda la creación se convierte en una especie de fiesta con la que Dios decide celebrar la llegada del ser humano. El verdor de los bosques, la belleza del jardín, el cantar de los pájaros, el rumor sublime de la lluvia, el sonoro murmullo de los ríos, todo se describe como una sinfonía natural que expresa la creatividad y la ternura divina de Dios.
Leer los primeros capítulos del Génesis por lo tanto nos hace pensar y contemplar que entre la tierra que nos rodea y nosotros debe existir una relación equilibrada, madura, responsable, llena de gratitud y no sometida a intereses que giran exclusivamente en torno al mal llamado “desarrollo económico”, o mejor dicho al “desarrollo de unos pocos en detrimentos de las grandes mayorías”.
Nuestra presencia en la creación tiene una identidad: ser “guardianes agradecidos del mundo heredado”. Más allá de nuestros credos religiosos, ideologías políticas o filosofías de vida, todos somos miembros de la gran familia humana y por ende habitantes de la misma casa en la que vivieron nuestros abuelos y padres; en la que vivimos nosotros y en las que vivirán las futuras generaciones. Lo creado por Dios debemos asumirlo, protegerlo y cuidarlo con pasión sabiendo que al hacerlo no solo agradecemos a nuestros antepasados sino también heredamos una mejor casa a las generaciones venideras.
En Rancho Grande, pequeño pueblo, bello municipio de Matagalpa, pareciera que esta conciencia por la sana convivencia con la naturaleza se ha vuelto un elocuente testimonio para toda la nación. Son incontables los ojos de agua, las quebradas, las cascadas de montañas, los ríos, etc., que con sus aguas cristalinas bañan y bendicen a sus habitantes. La naturaleza está tan bien cuidada que el café, el cacao, el maíz , el frijol, la yuca, la malanga y muchas cosas más se cultivan con tanta naturalidad que da la sensación de estar en una especie de jardín como el que se nos narra la Biblia. Sin exagerar, Rancho Grande nos hace imaginar al primer jardín del que hablan los textos bíblicos. Todavía allí existen árboles frondosos llenos de pájaros y rodeados de animales silvestres; basta llegar al pueblo y sentirse abrazado por las bellas montañas.
Por lo antes descrito y con la convicción de ser administradores y no depredadores de la naturaleza es que católicos, evangélicos, personas de todas la ideologías y de muchos organismos sintiéndonos agradecidos con nuestra tierra decimos un NO ROTUNDO a la explotación minera, que ha convertido y sigue convirtiendo la tierra en desiertos inhabitables. Queremos compartir con las futuras generaciones aire fresco y aguas puras, no contaminadas con cianuro o mercurio como ha sucedido en otros lugares con la explotación minera. El sentido común, fruto de la historia de tantos años, y los estudios científicos serios nos dicen que la minería ha dejado a su paso más pobreza, destrucción de la naturaleza, enfermedades a las personas más vulnerables y un futuro incierto. Basta mirar los pueblos donde existe una mina y darse cuenta que los beneficios son migajas para muchos y manjares para pocos. Es por eso que preferimos el color verde de nuestra casa común a la depredación de los pocos recursos naturales que todavía nos quedan. En comunión con la reflexión del episcopado latinoamericano en Aparecida, deseamos “dejar un mundo habitable y no un planeta contaminado”. (Cfr. Ap. 473). El autor es sacerdote
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