Marc-Thomas Bock

La generación muda

Recientemente en cualquier restaurante de Managua: un joven matrimonio con dos pequeños hijos de entre 6 y 10 años están esperando al mesero. El mayor de los niños sostiene un I-Pad en sus manos y juega una carrera de autor que tiene configurada en mudo, mientras su hermanito lo queda viendo con cierta fascinación. El padre y la madre, quienes están sentados uno frente al otro en la mesa, miran concentrados en sus smartphones. La madre desliza —esto lo puede percibir el observador— sus conversaciones en WhatsApp, mientras el padre introduce algunas letras en su Blackberry. Ninguno de ellos se da cuenta, como el mesero se les pone al lado y carraspea después de una espera de algunos segundos. Cambio de escenario: Cualquier supermercado en Berlín, Alemania. Una mujer está en la caja, mientras la cajera está escaneando sus artículos en la caja, la señora habla entusiasmadamente y gesticulando en su celular. Ella ni voltea a ver a la cajera, muda le pasa a la cajera su tarjeta de crédito, mientras sigue hablando en su celular. Incluso, cuando le devuelven su tarjeta, la dama continúa hablando sin parar en su celular. Ninguna mirada, ninguna palabra para la cajera. Nada. Y fin.

Ya debe de estar sospechando, estimado lector, que estamos hablando de nuestra técnica de comunicación. De la forma, como dominamos nuestros smartphones, iPads y tabletas. O mejor dicho, cómo esta técnica nos domina a nosotros. No importa, si en Nicaragua, Alemania u otro lado. Y no estamos criticando la tecnología según el lema: antes todo era mejor. Ya que en ese entonces incluso mantuvimos una plática con la suegra. No, de acuerdo a esta lógica, el Homo Sapiens seguramente se habría comunicado mejor en la era de piedras. Y seamos honestos, nosotros amamos estos objetos con la superficie pequeña y lisa, la cual se deja manipular tan graciosamente mediante un apretón de dedo. En la cual podemos deslizarnos cómodamente de un correo a otro, de juego a juego, mientras escuchamos música con iTunes o Spotify, o si Dios y el WiFi lo permite, también podemos ver películas, mientras estamos sentados en el café y junto a otros quedamos viendo la pequeña pantalla, sin mediar palabra alguna. ¿Qué es entonces lo que funciona mal, cuando niños y adultos están sentados en sillas playeras viendo el mar en Corn Island y que esta pequeña pantalla, con sus coloridas tentaciones se entrepone a cada rato en su vista a todas estas bellezas naturales del Caribe? ¿Cuando ya nadie habla sino solo apunta con su dedo al display o desliza con el dedo pulgar Apps? En el fondo no es culpa de la malvada tecnología sino de nuestro modo de hacer uso de ella. Es como antes con el walkman o más antes aún con el consumo de la televisión. Demasiado de eso ya en ese entonces no era saludable. Y tampoco se hablaba mucho en ese entonces. Pero esa mudez de hoy en día, cuando familias enteras solo clavan sus ojos en sus displays (al fin y al cabo cada uno tiene que tener un chunche así) sí asusta bastante.

No porque tal vez desaprendamos el comunicarnos mutuamente. Sino porque de alguna forma se está perdiendo el respeto para nuestros semejantes. Ya no logramos quitar nuestra mirada de esta ventanita iluminada, por fuerza chequeamos nuestros correos y noticias, tal como si no existieran vecinos a nuestro alrededor y hablar con ellos sería tan fácil. En lugar de eso, enmudece el niño, el señor y la señora. Por eso deberíamos dejar estos objetos en el bolso cuando comemos juntos en un restaurante, cuando manejamos o tengamos que esperar por diez minutos.

Así pudiera tal vez suceder que entramos en algún diálogo y que quizás nos enteramos de asuntos más interesantes que las noticias en Yahoo. Y quién sabe, tal vez hasta la suegra sepa contar de nuevo algo gracioso.

El autor es director del Colegio Alemán Nicaragüense.

COMENTARIOS

  1. Jose
    Hace 12 años

    También hay que destacar el consumismo desmedido de estos aparatos. El mercadeo de las empresas que monopolizan estos aparatos es tan efectivo que un ciudadano por pobre que sea, no le importa pagar en abonos el aparato aunque cueste 300 dólares y por comprarlo deje de comer, parece un vicio similar al licor, el ciudadano pobre gasta en licor aun sacrificando la comida. Las empresas mas millonarias cada día y el pobre cada día mas pobre!

  2. denso
    Hace 12 años

    Buen articulo,,,,,pero ya el problema ese llego para quedarse,,,por desgracia,,,a veces hasta en el medio de un romance suena el maldito cell,en una reunion importante si es que se te olvida apagarlo como me paso el otro dia en misa,que estaba enfrente del padre y mi cell empezo a sonar con musica de salsa,fue muy comico,porque el padre empezo a bailar al ritmo que salia de mi cell,todo mundo reia y de los nervios no podia apagar el cell y el padre mas bailaba,ja,ja,ja,que padre tan bueno!!

  3. fernando
    Hace 12 años

    ¡Nos están deshumanizando!. Pero no es de ahora. Antes que los celulares, x-boxes, i-pods, etc., ya el sistema capitalista nos había deshumanizado más que todos los siglos anteriores de civilización y todas las tecnologías juntas. El convertirlo todo en mercancía es una característica propia del capitalismo, y al paso que vamos, en un par de siglos, las relaciones humanas van a ser cosa del. pasado. Inseminación artificial, buscar pareja en Facebook, comprar en ebay, etc.

  4. Lucho
    Hace 12 años

    Excelente artículo, eso nos está pasando como sociedad.
    Sería bueno que escriba otro artículo con sugerencias, para la generación muda.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí