Luis XIV palideció cuando nos vio entrar en la sala catorce de la Galería Corcoran, donde se expone su imponente retrato de cuerpo entero pintado por Rigaud. Adivinó que éramos irreverentes. “Je suis le Roi soleil. L’etat c’est moi”, alcanzó a balbucear, sin mucho convencimiento, quizás para inspirar respeto y seguro de nuestras burlas.
Nos plantamos frente a él, con gran desparpajo, y nos reíamos a mandíbula batiente de su ridículo traje y su no menos absurda peluca.
Nadie antes había osado siquiera sonreír en su presencia sin su consentimiento. Y ahí estábamos nosotros, jóvenes del siglo XXI, agarrándonos el estómago de pura risa. Luis XIV tembló de rabia, o quizás de miedo.
Ahora se daba perfecta cuenta de la fatuidad e insignificancia del ser humano, pese a que él había sido “sol con corte de astros, en campos de azur”, según nuestro Rubén.
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