Cuando un gobernante ya no puede vivir sin multitudes, sin legiones de guardaespaldas, sin “orejas”, sin serviles, sin aduladores, sin aplaudidores y sin el aparato y recursos del Estado a su servicio —cuando esto sucede— hará hasta lo imposible para no dejar el poder.
Es cuando el poder se convierte en pasión, en ambición pura. Es cuando el impulso de la pasión del poder conduce al gobernante a despreciar la ley y a despreocuparse de su legitimidad ética. Es cuando la política se convierte en una técnica del poder. Es el poder al servicio del poder. Es cuando el cinismo invade el quehacer político; es cuando deja de importar la confusión política que pueda existir entre el sainete, la comedia y la tragedia. Es cuando al gobernante no le gusta ni siquiera imaginarse la posibilidad de que algún día vaya a dejar el poder, pues no concibe que pueda vivir el resto de sus días como una persona normal. Tiene una absoluta imposibilidad psicológica de vivir sin el poder.
Esta psicopatía final de poder lo obligará a mantenerse en el poder “cueste lo que cueste”. O mueren en el poder como Franco o Francisco Duvalier o tienen que salir a la fuerza como Anastasio Somoza, Muammar Gaddafi, Saddam Hussein, etc.
Por ejemplo, Francisco Franco, jamás se imaginó vivir fuera del poder. El Generalísimo siempre tuvo la seguridad de que moriría en el poder. Jamás pensó pasear en la Gran Vía de Madrid con su esposa doña Carmen Polo de Franco, entrando a una cafetería como cualquier ciudadano a tomar un café para después ir al cine. El poder fue su gran pasión; fue su vida.
Para Duvalier, “Papá Doc”, también el poder fue su gran pasión. Sin embargo, algunos sostienen extrañamente que dos años después de haber “conquistado” la presidencia vitalicia de Haití empezó a pensar en la posibilidad de retirarse del poder, pero que al parecer no lo hizo porque tenía miedo. Había entonces una combinación de pasión y miedo. Le confesó a René Chalmers que tenía terror a la muerte, y que era más fácil que lo mataran siendo un ciudadano normal y corriente que siendo presidente de Haití. También le contó que había soñado varias veces que, ya fuera del poder, lo iba a perseguir un enano llamado Sorocoquito, cuyo dedo índice de su mano derecha, que era de acero, le llegaba hasta el ojo del pie. Según Chalmers, Duvalier le dijo que en el sueño Sorocoquito quería matarlo metiéndole el dedo de acero por el trasero. ¡Muerte terrible!
Ahora bien, en los casos de los gobernantes antes citados —Franco, Duvalier, Somoza, Gaddafi, Hussein — uno de los elementos personales de la estructura psicológica en que se basa la imposibilidad psíquica para dejar el poder es la figura del servil, que es fundamentalmente el encargado de alimentar el ego del gobernante y mantener viva su pasión por el poder. Está claro que la supervivencia política del servil depende de la permanencia en el poder del gobernante a quien sirve.
Pero no olvidemos que aunque sirva, el servil vive al acecho, y cuando ve alguna oportunidad entra en acción. La historia está llena de traición, infamia y vileza del servil. Recordemos que los serviles se caracterizan por ser taimados, hipócritas, astutos, sumisos y traidores, y se acomodan según sus necesidades y atacan según sus oportunidades.
La historia está llena de ejemplos. Recordemos que Brutus fue el servil más servil que Julio César tenía en Roma. A traición, con premeditación, alevosía y ventaja lo asesinó. “Tú también hijo mío”, le dijo Julio César agonizante. Y es que Brutus lo había “enganchado”, lo había hecho “coger la vara” de que no solamente era como su padre sino que era el único, el insustituible, el predestinado a encarnar vitaliciamente la gloria de Roma.
La triste realidad es que si el gobernante no puede vivir sin las circunstancias señaladas al principio de este artículo, el poder, como dije antes, se convierte en pasión, y el gobernante ya ebrio de su propia pasión —de una ambición sin límites— convierte su voluntad, y nada más que su voluntad, en la única justificación de su poder. Es cuando la Constitución, la ley, y en definitiva, lo jurídico, devienen en superestructuras superfluas. El autor es abogado.
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