Hace diez días, y en un loable ejemplo de transparencia, el comandante Ortega declaró que 2014 se perfilaba como un año de desaceleración económica. Repitió este mensaje en su discurso del 19 de julio. El bajón de este año no me sorprendió. Lo había anticipado en una entrevista de televisión hace algunos meses.
Por otro lado, el anuncio presidencial me impulsó a calcular si nuestro crecimiento económico ha sido lo suficientemente robusto para permitir el salto cuantitativo y cualitativo económico que me gustaría creer es el legado que Daniel quisiera dejarnos y la razón por la cual abraza al Canal.
Abajo ofrezco los resultados de mi análisis y algunas propuestas de proyectos menos costosos que el Canal, pero que cumplirían con el triple propósito de ser factibles, financieramente manejables y transformadores en el sentido de que nos permitirían un crecimiento económico acelerado y sostenible.
Usando cifras del Banco Central y del Fondo Monetario, Nicaragua ha tenido un crecimiento económico promedio, en términos constantes de 3.3 por ciento desde 1990. Por otro lado, nuestro ingreso per cápita en 2013 andaba por aproximadamente US$$1,830, el segundo más bajo del hemisferio.
Segundo, asumiendo que nuestra economía siguiese creciendo al 3.3 por ciento, alcanzar el ingreso per cápita, en términos constantes, que los nicaragüenses teníamos en 1978 ¡nos tomará 21 años!
Algunos podrían argumentar que nuestro crecimiento reciente ha sido más robusto y que extrapolándolo hacia el futuro se traduciría en un desempeño más positivo. Pero se equivocarían. Haciendo los números, nuestro crecimiento en el quinquenio 2009-2013 promedió tan solo 3.1 por ciento. A este ritmo nos tomaría aún más tiempo volver a donde estábamos en 1978, ¡24 años!
Tercero, claramente nuestro crecimiento ha sido insuficiente. No nos ha emancipado de nuestra pobreza y subdesarrollo. A como he escrito en estas páginas desde hace años, para salir del hoyo en que nos encontramos necesitamos crecer a seis o siete por ciento anualmente. Esta meta es alcanzable por dos razones: porque nuestro país es rico en recursos a pesar de ser empobrecido. Y porque arrancar rápidamente es más factible cuando una economía es pequeña como la nuestra.
Cuarto, crecer aceleradamente requiere, entre otras cosas, un sano manejo de la economía, la creación de un favorable clima de inversión incluyendo seguridad jurídica y una fuerte —institucionalidad— e inversiones en proyectos transformadores. Claramente un proyecto como el Canal Interoceánico nos catapultaría a tasas de crecimiento mucho más elevadas. Pero su futuro es improbable por los enormes desafíos que enfrenta incluyendo, por ejemplo, su elevado costo, estar en desventaja por la expansión del Canal de Panamá, e incógnitas mayúsculas en cuanto a su factibilidad económica y ambiental.
Quinto, en vista de lo anterior, sugiero que podríamos lograr el despegue que anhelamos con tres proyectos que nos permitirían explotar más plena y rápidamente a nuestra riqueza a un costo mucho menor que el del Canal.
Estos proyectos incluyen construir la carretera Costanera, que podría unir en una primera etapa a nuestras hermosas playas en el Pacífico desde la frontera costarricense hasta Masachapa. Al desenclavar estas playas con la Costanera, podríamos atraer una mayor inversión nacional e internacional a este paraíso nuestro que es cada vez más conocido internacionalmente. Y con esta inversión vendrían más turistas con recursos y no los mochileros que ahora abundan en Nicaragua. La Costanera traería otras ventajas. Nuestras playas podrían servir de imanes para atraer a los millones de ciudadanos de países industrializados que anualmente ingresan a la fila de los jubilados y que cada vez más buscan lugares bonitos y baratos para disfrutar de su tercera edad. Ya hay 30,000 de estas familias establecidas en Costa Rica y han transformado a la economía de nuestro vecino del Sur. Con la Costanera, lo mismo podría pasar acá creando miles de empleos para nicaragüenses en la construcción y la industria de servicios.
Un segundo proyecto que tenemos décadas de tener en el tintero y que transformaría a nuestro país es el riego, con aguas del Cocibolca, de partes del Pacífico y de nuestros departamentos “translacustres” que periódicamente sufren de sequías devastadoras que podrían ser más frecuentes con el cambio climático. Para poner este proyecto en moción, solo habría que desempolvar y actualizar los estudios que remontan a los años sesenta del siglo pasado.
Algunos cuestionarían al proyecto de riego porque bombear agua del gran lago sería prohibitivamente caro por el elevado costo de nuestra energía. Esto me lleva a mi tercer proyecto transformador: la construcción de una gran planta generadora térmica que quemaría carbón. En Estados Unidos el cuarenta por ciento de la energía eléctrica es generada por plantas de carbón. Y la vasta mayoría de estas utilizan tecnologías modernas que no dañan al medioambiente.
Una planta de, digamos, unos 300 megawatts de carbón podría costar US$$600 millones, la mitad de lo que costaría Tumarín, y generaría el doble de electricidad. Además, sus costos de operación serían bajos, ya que el carbón es el recurso de generación más abundante en el planeta, y el más barato. Finalmente, contrario a la energía eólica que depende del viento o a la hidroeléctrica que depende de la disponibilidad de agua, la “potencia firme” de una planta de carbón es alta. Es decir es confiable. Con un proyecto de esta naturaleza Nicaragua podría reducir significantemente a su costo de electricidad —actualmente el más alto de América Central— haría a nuestra economía más competitiva y hasta nos permitiría exportar energía eléctrica a nuestros vecinos.
Allí lo tienen. Una propuesta concreta y propositiva de tres proyectos cuyo costo sería una fracción del Canal, que son más factibles, que se prestan más fácilmente a atraer capital —nacional o extranjero, público o privado— y que nos permitirían acelerar nuestro crecimiento económico a los niveles que Nicaragua requiere. El autor fue embajador de Nicaragua en Estados Unidos.
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