Los liberales de las distintas tendencias y grupos en los que se encuentran divididos, celebran hoy el día de la revolución liberal, que no es una fiesta nacional como el Frente Sandinista impuso su celebración del 19 de julio, pero también es parte de la historia de Nicaragua.
El expresidente Enrique Bolaños Geyer dice en la presentación del estudio Auge y caída del PLC , el cual se encuentra y se puede leer en su Biblioteca Virtual, que “La historia del liberalismo en Nicaragua muestra que a lo largo de siglo y medio esta ideología ha contribuido significativamente a la construcción del Estado moderno nicaragüense. No obstante, también ha sufrido fracasos y ha causado perjuicios”.
Pero tal vez sería necesario precisar que no es como ideología, sino como partido político, que el liberalismo ha sufrido fracasos y causado daños a la nación. Como doctrina que predica la libertad (política, económica y social); que rechaza la dictadura en cualquiera de sus modalidades y promueve un sistema de gobierno fundado en la separación de poderes, en la democracia representativa, en elecciones justas y limpias y en el Estado de Derecho, el liberalismo no ha fracasado. Por el contrario, ha inspirado a los pocos buenos gobiernos que ha tenido el país y ha impregnado con sus valores fundamentales a todos los demás partidos y corrientes políticas de Nicaragua que se definen como democráticos.
Precisamente por los fracasos que ha sufrido y los perjuicios que ha causado como partido y como gobierno, el liberalismo enfrenta hoy una de sus más graves crisis existenciales en su historia de más de siglo y medio. Una crisis peor, quizás, que la sufrida en 1909 cuando cayó el gobierno liberal de José Santos Zelaya, su figura emblemática. Incluso peor que la que sufrió cuando el derrocamiento de la dictadura somocista, la cual imperó en Nicaragua durante casi medio siglo arropada con la bandera liberal. Peor, decimos, porque nunca antes como ahora el partido liberal estuvo tan pobre de simpatía popular ni sufrió tanto menosprecio público.
Todas las encuestas políticas que se hacen en el país coinciden en que los liberales, sumados PLI, PLC y ALN, con dificultad alcanzan un nueve por ciento de respaldo popular. Se crea o no en ellas, el hecho evidente e innegable es que del liberalismo ya no se puede decir que es una fuerza, sino una debilidad política con la cual el poder autoritario de Daniel Ortega hace lo que quiere.
Para decirlo con toda franqueza, el principal reto de los liberales en la actualidad no es recuperar la gran fuerza electoral con la cual ganaron con amplia mayoría las elecciones de 1996 y 2001; la misma suma de votos con la que, debido a la división, perdieron la elección de 2006 que se adjudicó Daniel Ortega con solo el 38 por ciento de los sufragios. El verdadero reto del liberalismo es no desaparecer o no quedarse confinado a una minoritaria participación de tipo zancudo en el sistema orteguista de gobierno, absolutamente minoritaria e ineficaz.
Seguramente los liberales son conscientes de esta realidad y por eso buscan su unidad. Pero eso no es suficiente. Tampoco basta tener tendido electoral en todo el país. Si quieren recuperar la confianza popular los liberales tienen que volver a ilusionar a la gente, demostrar propósito de enmienda, proponer soluciones a los problemas apremiantes que la gente necesita resolver, y, sin falta, renovar sus liderazgos que se han anquilosado.
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