En la piel del toro

Sería un monstruo de haberme tocado nacer como humano. Mi volumen uniría la masa y huesos de unos diez hombres, con un promedio de 170 libras cada uno. Sí, mi peso es 750 kilos. Mi tamaño, 150 centímetros. Mi cabeza larga, ojos grandes. Tengo dos cuernos huecos asestados en mi frente. No sé dónde estoy. Tengo solo dos años y ya soy un adulto.

Por Mónica García Peralta

Sería un monstruo de haberme tocado nacer como humano. Mi volumen uniría la masa y huesos de unos diez hombres, con un promedio de 170 libras cada uno. Sí, mi peso es 750 kilos. Mi tamaño, 150 centímetros. Mi cabeza larga, ojos grandes. Tengo dos cuernos huecos asestados en mi frente. No sé dónde estoy. Tengo solo dos años y ya soy un adulto.

De mi cuello corto me jalan un par de cuerdas, me arrastran hacia unos tubos. Hay alguien dispuesto a acomodarse en mi lomo.

Mis patas con solo dos dedos en cada una, se hunden en la tierra mientras intento salir de aquí. Al ras de la cola también me amarran otro mecate doble, le llaman “verijera”, porque es la vejiga la parte en que más me aprieta. La cuerda también pasa por mi ano, testículos y cola. Quieren que me sienta sofocado y lo están logrando. Será una buena monta.

¿Serán estos los pensamientos del toro? —me pregunto— Solo digo… en caso que pudieran pensar.

El rodeo es un lugar grande, casi como un campo de futbol. Si este fuera el caso, donde yo había estado antes sería el equivalente a las gradas que dan directo a la portería, arriba, de lejos. Ahora estoy en la “manga”, más cerca de la acción que se vive en la Plaza Taurina Humberto e Isabel Mongrío, Juigalpa, Chontales.

La manga es un pequeño pasillo. El pasillo termina al llegar a la puerta. El espacio pequeño está diseñado para el desfile del gran animal, que está más atrás, en una especie de corral. Grandes y gruesos tubos de hierro rodean 11 toros que esperan su turno. Son diez para montar y uno de cachos para torear. Aquí cada hombre se sube. Inicia la monta.

Me siento mortificada y no necesariamente por los tubos incómodos en los que estoy sentada. Cada vez que sale un animal, no dejo de pensar ¿qué haría si ese toro fuera yo? ¿O… cómo actuaría si me tocara ser montador? ¿Qué sentirán?

Los hombres que se dedican a este “juego” generalmente han sido arrastrados por las circunstancias, según me cuentan. Hay uno que no tuvo oportunidad de estudiar. Con una madre enferma la educación no era prioridad. Un día en la barrera de las fiestas patronales de la zona se arriesgó. Gabriel (así le llamaré) vio que era “bueno” en la montadera, dominó ese día al toro, dicen que hasta se ganó mil córdobas, cantidad que nunca había tenido en sus manos. Y empezó. Ahora es así como se gana la vida. O se la juega.

—Ahora cobro entre 300 y 500 córdobas fijo cada vez que realizo una monta en la plaza—, calcula Gabriel con recelo de confesar la cantidad específica.

El toro es uno de los primeros animales domesticados por el hombre, de naturaleza agresiva, según dicen, por genética. Es daltónico. Las montas en esta plaza siempre son de noche. En la oscuridad imagino lo difícil que se le hace ver a su oponente.

Desde mi palco logro ver furia y miedo en su mirada, ese miedo que siente, no sé cómo, pero también lo siento yo, pensando en tener a un hombre sobre mi espalda, no específicamente en un acto que disfrutemos los dos. Pero para ellos esto no es nada. La monta sigue.

Mientras el hombre se acomoda arriba, con su casco y sus pecheras para evitar ser lastimado, los otros le aconsejan: “Vamos fulano”. Y se escuchan gritos indescriptibles, sonidos de “machos”. Nadie dice nada sobre las descargas eléctricas “mínimas” que dan en los costados y en la panza al animal. Tampoco reparan en las espuelas que le clavan para estabilizarse sobre él. Solo sé que una vez enojado decidirá embestir al que esté en frente, quizás no por agresividad, sino porque se siente amenazado.

Baaam. La puerta golpea…

— ¡Sale toro! — Los gritos de euforia suenan.

Durante ocho segundos se define quién somete a quién. Estos ocho segundos son regla, uno más o uno menos definen la descalificación. Se acaba el tiempo. El pito suena. Pasan cuatro segundos y luego cuatro más. 16 segundos en total para cada espectáculo. El hombre monta. Soporta el “martilleo”, “guapoteo”, o “redondeo”, los movimientos más excitantes —para ellos— que definen el buen juego.

Las horas pasaron. Los toros desfilaron. Algunos de los hombres cayeron de espaldas al suelo, uno quedó a milímetros de los cuernos. Sus cuerpos empolvados regresaron a la manga y algunos toros, quizás con años de lo mismo, entraron solitos de regreso al corral. Dos hombres “ganaron”. Dos toros “no sirvieron”. Siete animales se impusieron. Mi miedo ya se va al terminar la jornada. Pero me sigo preguntando…

¿Quién se llevó el premio al final?

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Sección Domingo Piel Toro archivo

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