Iván de Jesús Pereira
Mi amigo el arquitecto Mauricio Tercero Silva dice: “Que uno de los orígenes de los fracasos personales está basado en el miedo de hacer el ridículo”. Las personas cuando se enfrentan a la lucha de subsistencia en la vida, fracasan muchas veces por ser poseedoras de ese miedo.
En Nicaragua, donde existe un proletariado profesional y donde miles de graduados universitarios no tienen trabajo, mi consejo es: no tengan miedo de hacer el ridículo, sean creativos, empiecen a buscar soluciones sencillas para formular un medio de vida, que la mayoría de las veces nuestros padres nos han dado lecciones en ese sentido.
En nuestro país, hay gente exitosa económicamente hablando, que no han ido a una universidad y han conquistado con su esfuerzo y su tesón consolidar pequeñas empresas, que los genios de nuestras universidades no han puesto nunca de ejemplo o como caso de estudio. La persona que trabaja en los mercados o la “burguesía del delantal” como común mente se conoce.
Aquí en este mi viejo pueblo (León), solo para darles un ejemplo de lo que pretendo demostrar, hay varias señoras que venden en ciertas esquinas céntricas nuestro famoso “chancho con yuca”; asústense alguno de mis lectores, esas señoras fácilmente pueden vender diariamente más de cinco mil córdobas, lo que traducido a ganancias, les arroja unas atractivas entradas que no cualquier profesional actual puede acumular.
Dentro de los pueblos de Nicaragua, hay uno en especial que se ha caracterizado siempre por arriesgarse a hacer el ridículo, es el pueblo de La Concha. Los concheños, como se les conoce en el lenguaje popular, se levantan en las primeras horas de la madrugada, y parten presurosos a surtir el Mercado Oriental, ellos son los que nos proveen de la mayoría de limones, naranja agria, frutas, mandarinas, verduras, etc. Cuando son las once de la mañana, muchos de ellos ya van de regreso a sus hogares, llevan en sus bolsillos con sudor y esfuerzos “el pan nuestro de cada día”, se arriesgaron, no esperaron a ser llamados por una empresa sino que crearon su miniempresa, por eso han triunfado.
El ciclo que estamos viviendo es trágico y tiene un sabor amargo. La madre de escasos recursos, (muchas veces madre soltera), con gran esfuerzo logra llevar a su hijo a la universidad, con sudor y lágrimas va juntando los córdobas para el pago de los estudios del hijo. Al fin del túnel, el hijo se gradúa. ¡Aleluya! Pero resulta que pasados unos cuantos meses, la recién graduada no encuentra trabajo, ha introducido montones de aplicaciones, efectuado numerosas llamadas telefónicas, ha sido entrevistada y nadie le da una respuesta positiva, cayendo muchas veces en la depresión, la frustración o toman el ardoroso camino del exilio.
Es ahí donde yo quiero decirle a esos miles de jóvenes desempleados, que no tengan miedo de hacer el ridículo, aprendan de sus padres, ellos no titubearon y muchas veces hicieron cosas que parecían ridículas, pero llevaron a sus hogares “el pan de cada día”. Tuvieron el coraje, alzaron la frente y se pusieron a trabajar, muchas veces en labores humildes y sencillas, pero dieron respuesta a sus necesidades.
Llenémosnos de esperanza, rompamos el ciclo de lo negativo y empecemos con lo que tenemos, lo más valioso: nuestra persona, nuestro ser; a intentar construir un medio de vida, exponiéndonos a hacer el ridículo. ¡Vale la pena! El autor es abogado.