Adolfo Acevedo Vogl (*)
Durante unos 15 siglos, antes de la Revolución Industrial, la reproducción de las sociedades agrícolas tradicionales a lo largo del tiempo se sustentó en un conocimiento transmitido de generación en generación, con pocas modificaciones. Sin embargo este proceso de reproducción vegetativa mediante el cual las antiguas tecnologías eran transmitidas de una generación a otra, y de un siglo a otro, terminó irrevocablemente con la Revolución Industrial. Desde entonces el progreso de la economía ha pasado a depender, cada vez más, de la producción y acumulación sistémica de conocimiento, mediante una interacción compleja entre alfabetización y educación de carácter general, investigación y desarrollo industrial, e inversión pública en ciencia y tecnología.
El avance de la industrialización en los países que inicialmente siguieron a Inglaterra implicó la necesidad de que cada uno de ellos se involucrase en un proceso de arduo aprendizaje tecnológico, el cual, especialmente en su primera fase, implicó mucho de imitación, ingeniería reversa, y modificaciones marginales de productos y procesos —cuando no el espionaje puro y llano—. Pero posteriormente, la permanencia de estos países en el club de los países desarrollados pasó a estar cada vez más correlacionada con los indicadores de su capacidad de innovar, es decir, de desarrollar por sí mismos el conocimiento y la tecnología. A estas alturas del siglo XXI resulta evidente que detrás de la gran divergencia en los niveles de productividad e ingreso per cápita entre países desarrollados y países en desarrollo se encuentra una capacidad de innovación que permanece extremadamente concentrada, con pocas excepciones, en el mismo grupo de países que logró incorporarse al club de industrializadores iniciales.
En los países en desarrollo —gran parte de los cuales fueron colonias o semicolonias de los primeros—, la débil capacidad de aprendizaje e innovación tecnológica y la limitada acumulación de conocimientos y destrezas se refleja en una estructura productiva y exportadora escasamente diversificada y de baja sofisticación tecnológica. El desafío que enfrentan reside en cómo desarrollar su propia capacidad de aprendizaje e innovación, y reducir la gran brecha que los separa respecto a la frontera tecnológica.
Ahora bien, desde hace tiempo se reconoce que existen actividades y sectores con mayor potencial en términos de aprendizaje e innovación, y de generación de externalidades tecnológicas y rendimientos a escala dinámicos. Estos sectores suelen exhibir, al mismo tiempo, un elevado dinamismo de la demanda. Cuando la economía se diversifica mediante la promoción deliberada de los mismos, el resultado invariable es una aceleración significativa del crecimiento económico. Dado que la innovación y el aprendizaje tecnológico son los factores que explican por qué una economía logra desarrollarse a largo plazo, y en vista de que los beneficios sociales superan ampliamente los beneficios privados, en un trabajo reciente Joseph Stiglitz y Bruce Greenwald sostienen que, en este caso, se justifica que los países rezagados establezcan políticas orientadas a sesgar deliberadamente la asignación de recursos de la economía hacia estos sectores. Alegan que, si bien a corto plazo se podrían generar algunas ineficiencias estáticas, este proceso de cambio estructural generaría ganancias enormes en términos de eficiencia dinámica y desarrollo.
Los instrumentos que pueden utilizarse para promover esta transformación pueden ser, en alguna medida, semejantes a los que utilizaron países que más recientemente promovieron procesos exitosos de transformación estructural de gran envergadura, en tiempo récord, como Japón, Corea del Sur y Taiwán, y que se tradujeron en tasas de crecimiento excepcionales. Los criterios que utilizaron estos países para seleccionar los sectores a apoyar fueron i) sectores de alta elasticidad ingreso de la demanda; ii) sectores con alta densidad de encadenamientos y iii) sectores de alta intensidad tecnológica y elevado nivel de productividad. Quizá estos criterios continúen siendo útiles.
(*) Economista
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