Cada capital del mundo, incluyendo Managua, puede presumir de sus monumentos históricos tales como catedrales, edificios, parques o museos que dicen mucho del pasado, sin embargo poco sobre el presente.
Los mercados Oriental, Huembes y Lewites entre otros son ejemplos de una vida urbana muy agitada y son muestras de la situación precaria de poder adquisitivo de la población de Managua. Sin embargo los mercados siempre son temporales, ambulantes e intercambiables. Por eso no sirven mucho para reflejar la imagen auténtica de una ciudad con sus diversos segmentos poblacionales.
Exactamente ese es el caso en un lugar que fue construido como reemplazo de los almacenes de la vieja Managua destruidos durante el terremoto del 1972, más al sur de la metrópoli. Se trata del Centro Comercial Managua (CCM), construido en agosto del 1973, cuyas más de 200 tiendas más bien pequeñas, hasta hoy son capaces de hacerle la competencia a los grandes y nuevos centros comerciales como Metrocentro, Galerías y Plaza Inter en cuanto al volumen de sus ventas diarias. Dicho Centro Comercial tiene algo que los modernos palacios de consumo no tienen: un alma comercial. Ya solo hablando de la estructura de construcción surgida de la característica emergencia arquitectónica de los tempranos años setenta, que es extraordinaria. El complejo que se compone de pasillos cuadrados y techados es atravesado por un cauce que es típico para toda Managua.
Más de sesenta tiendas fueron construidas en un semicírculo alrededor del edificio principal.
La atmósfera particular del CCM consiste en la arquitectura de transición, la cual combina los restos de una antigua cultura de mercado callejero con las características de un moderno almacén. Y los primeros almacenes se crearon exactamente así. En el París del siglo 19 Aristide Boucicant desarrolló en el año 1838 el concepto de un mercado, “Le Bon Marché”, comprendido en un gran edificio con departamentos según su surtido de artículos.
¿Pero por cuál razón el CCM es más auténtico que otros lugares de la ciudad? Muy sencillo: son su cantidad de pequeñas tiendas, de las cuales algunas se han podido mantener por décadas, mientras otras desaparecieron y nuevas surgieron.
Hay tiendas muy tradicionales, como por ejemplo, las tiendas de telas El Palacio de las Telas o el Almacén Ruiz, hay tiendas de juguetes como La Piñata Lulú y la papelería Lujosa, en cuyo rótulo se había caído la “U”. La Casa de la Novia del señor Lacayo Navarro y la Panadería Schick, en donde el aroma de su repostería invita a quedarse. Sin embargo, por supuesto, también existen negocios modernos y consultorios como el Sakura Dental Spa y el almacén Emporio. En las afueras, en el arco, hay una serie de sastrerías o negocios de costura rápida, donde los miembros de la familia están sentados frente las antiguas máquinas de coser Singer o las baratas máquinas automáticas de coser Juki, provenientes de uno de los países asiáticos, cosiendo cortinas o vestidos de novias, mientras los hijos de las costureras están viendo la tele en la parte trasera de las tiendas. Hay aquí también la más interesante tienda de libros de Managua Rigoberto López Pérez, cuyo propietario don Aldo Díaz, siempre está dispuesto para una platicadita entre amantes de la literatura.
Y todos estos nombres antiguos que llevaba la clase media de Managua por décadas, Pewter, con sus artículos religiosos de plata, la tienda de zapatos Calzados Luzma o Raspados Lyda (Hmm, estos sí) y muchos más. Y entre toda esta oferta de artículos, los habitantes de Managua están en búsqueda de cosas baratas, para desconectarse un poco de las preocupaciones diarias de su existencia material o también por un regalo para sus seres queridos. Ellos —la gente sencilla de esta ciudad— aquí no solo son clientes o compradores, ellos son ciudadanos que día a día le inyectan vida al alma del Centro Comercial. Ellos son tan auténticos como este lugar, que —a pesar de merecerlo mucho— no se menciona en ninguna guía turística de Nicaragua. El autor es director del Colegio Alemán Nicaragüense.
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