Los obispos, pastores del pueblo de Dios ungidos por el mismo Cristo: “Apacienta mis ovejas”, conociendo que los mandatarios tienen oídos sordos ante la miseria y el descontento del pueblo y que su soberbia les impide escuchar sobre sus errores y desafueros, dirigieron su mensaje más que al mismo gobernante al propio pueblo.
Nuestros pastores de forma coherente y valiente predican con su propio ejemplo, hablaron de forma firme aunque mesurada, dirigiéndose a los ciudadanos, a los indiferentes, a los conformes, a los que se acomodan para mantener privilegios; a los que han vendido su dignidad por dinero o cuotas de poder, a los que han ayudado a llevar al país al caos moral, social, económico y político, convirtiéndose en cómplices; a los colaboradores autollamados opositores; a todos los nicaragüenses, con la esperanza de que su palabra caiga en terreno fértil. Su mensaje es semejante a la semilla que tira “El sembrador” (parábola del sembrador Mateo 13, 1-9) “otros granos, finalmente, cayeron en buena tierra y produjeron cosecha ”.
La Conferencia Episcopal, como lo expresa en el encabezado de su mensaje (“compartir con sinceridad y buena voluntad nuestra preocupación común por la construcción de una Nicaragua mejor y por una sociedad más próspera y esperanzadora para todos los nicaragüenses”) acudió a la cita para hablar de frente, con transparencia y pleno conocimiento de la situación, al igual que en sus anteriores cartas pastorales en las que han insistido en iluminar nuestras conciencias con la luz del evangelio y repitiéndonos aquel “no tengáis miedo” de San Juan Pablo II expresado muchas veces por el papa Francisco: aquel “no teman”, de Jesús, “es el anuncio manso del verdadero triunfo, ese que se transmitirá de voz en voz, de fe en fe a través de los siglos”.
San Juan Pablo II en su encíclica Redentoris Hominis expresaba: “El bien común al que la autoridad sirve en el Estado, se realiza plenamente solo cuando todos los ciudadanos tienen asegurados sus derechos”, “sin esto se llega a la destrucción de la sociedad, a la oposición de los ciudadanos, a la autoridad o también a una situación de opresión, de intimidación, de violencia, de terrorismo, de los que nos han dado bastantes ejemplos los totalitarismos de nuestro siglo”. En Haití dijo: “Las cosas tienen que cambiar aquí”, en Filipinas “no se puede violar los derechos ni siquiera en una situación de urgencia”. Los obispos han dicho el lugar es Nicaragua y el tiempo es ahora.
Nuestro Episcopado ha captado los problemas y aspiraciones de los nicaragüenses y expresado fielmente a los gobernantes la situación del país y lo que este pueblo exige. Es la hora de que el pueblo, unidos todos, nos involucremos en la búsqueda de nuevos horizontes para una Nicaragua mejor, que luchemos por recuperar nuestros valores espirituales, morales, cívicos; el derecho a la libertad y privacidad de la familia; la problemática de los pobres; el respeto a los derechos humanos, la resolución de las situaciones de la Costa Atlántica; exigir el respeto a la religión y sus signos y la restitución de la institucionalidad.
La propuesta de Ortega es igualmente clara: partido único, supresión de todas las libertades, acaparamiento de todos los negocios, autoridad del ejecutivo sobre todas las instituciones, entrega de la soberanía nacional y de todos sus recursos, en fin la instauración de una dictadura fascista.
No pensemos que los obispos perdieron su tiempo conversando con Ortega, los destinatarios de su mensaje fuimos todos los nicaragüenses, asumámoslo ejerciendo responsablemente nuestra ciudadanía en defensa de nuestros derechos y libertades, no discutamos si Ortega escuchará o no, eso carece de importancia; preguntémonos si estamos dispuestos a despertar nuestra conciencia y a luchar para lograr el cambio que necesitamos.
La dictadura para consolidarse requiere de un pueblo aletargado, escuchemos el verdadero mensaje: no tengáis miedo, vale la pena construir una nación guiada por auténticos valores cristianos. El autor es abogado.
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