La Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN) abordó en el diálogo con el presidente Ortega siete temas fundamentales para la nación: familia, problemas sociales, derechos humanos, situaciones en el Vicariato Apostólico de Bluefields, el trabajo evangelizador y algunas políticas de gobierno e institucionalidad. Cada tema ameritaría un artículo de opinión. No obstante, me centraré en el tema que más afecta al presidente Ortega en su futuro cercano: su legado.
Después de más de casi cuarenta años de experimentos, Nicaragua es el país más atrasado del continente, solo detrás de Haití, y Daniel Ortega está al frente del ejecutivo y de todos los poderes del Estado. Cien mil muertos para modernizar el país y el bienestar sigue siendo “una tentación”. La tarea está inconclusa y la migración diaria nos enrostra que si regresamos a 1977 el país avanza. El legado del somocismo todavía marca el inconsciente de la gente que lo vivió.
Presidente Ortega: ningún presidente había acumulado, en la historia de Nicaragua, tanto poder como usted. Como le dijo la Conferencia Episcopal de Nicaragua, usted tiene la capacidad de “heredar a la nación un legado histórico digno de ser recordado por las futuras generaciones. Los años pasan y nadie es eterno”. En otras palabras, su tiempo vital se agota y todavía no surge la casta del estadista que va a legar a sus conciudadanos un futuro mejor. Ya no hay excusas, o enrumba al país a un puerto seguro donde pueda anclar y florecer, o su legado será igual o peor que sus antecesores.
Presidente Ortega: usted está en el cenit de su poder, pero como dice la CEN, “tiene todavía la posibilidad de demostrar su voluntad de favorecer una auténtica apertura al pluralismo político en la nación; colaborar activamente a replantear el funcionamiento integral del sistema político y buscar caminos de concertación a nivel nacional, restableciendo la normalidad política de un auténtico estado democrático”. Ya no hay tiempo para la retórica, desobedezca el largo y penoso pasado que ha negado la democracia y la libertad a este desventurado país. No termine convertido en un tiranuelo, que teniendo todo el poder para hacer una obra maestra se conforma con la chabacanería de las ambiciones y vanidades.
Presidente Ortega: es hora de dar paso a un nuevo liderazgo. Como dicen los obispos, “desalienta la ausencia de un liderazgo de calidad y comprometido que norme la acción política, en la que todo parece estar al servicio de la persona, grupos de poder y de partido, en detrimento del bien común”. Construyamos un nuevo pacto social donde las mayorías seamos sujetos. Abandonemos la cultura de la exclusión y de los privilegios para dar paso a la cultura de la inclusión y de la igualdad.
Presidente Ortega: ¿quiere ser recordado por su pueblo con respeto y consideración? Entonces, desatienda los consejos de los aduladores y cobardes que le indican que el país avanza por buen camino. Lo que marcha bien es el avance asfixiante de las restricciones a la libertad y los negocios fáciles. Ya no cabe reafirmar la Nicaragua excluyente que privilegia solo a los pocos cercanos al poder.
Un legado político trascendente es aquel que ni los más acérrimos detractores se atreven a tocarlo porque ha sido apropiado por el pueblo. ¿Por qué en Nicaragua cada vez que sube un nuevo gobierno se quiere reinventar todo de nuevo? Porque no hay legados políticos auténticos que ameriten su defensa.
Presidente Ortega: ¿Cuáles son las obras de su gobierno que permanecerán cuando usted ya no sea presidente? Eso lo juzgará la historia, pero todavía hay tiempo de trascender. El autor es politólogo
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