Lo que los obispos de Nicaragua plantearon al presidente inconstitucional Daniel Ortega, ayer, en la sede de la Nunciatura Apostólica, fue un resumen de todos los mensajes pastorales que ellos mismos han venido exponiendo de manera sistemática y con absoluta claridad, a lo largo de los últimos años.
Es imposible citar en este espacio, ni siquiera en apretada síntesis, todos los planteamientos que han hecho los obispos para alumbrar el camino que conduzca a la superación de sus graves problemas morales, sociales, económicos y políticos. Pero al menos podemos mencionar varios documentos en los cuales los obispos han puesto el dedo en la llaga de los problemas al mismo tiempo que han sugerido las debidas soluciones.
En su mensaje del 23 de abril de 2010, los obispos precisaron que “una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de Derecho” y que “una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia” (Centesimus annus, 46). Las instituciones no deben ser instrumentos en manos de quien gobierna para transformar sus abusos y ambiciones de poder en formas y actuaciones legalmente justificadas”.
En noviembre de ese mismo año, al concluir su asamblea ordinaria anual en la ciudad de San Marcos, la Conferencia Episcopal emitió otro mensaje al pueblo de Nicaragua en el cual los obispos consignaron que “la “ley” sigue siendo paradójicamente un mecanismo para legitimar abusos y hacer pasar por legal lo que es ilegal; el “derecho” parece ser cada vez más un instrumento para legalizar en modo artificioso las estructuras de poder y las ambiciones personales; el “Estado” da la impresión de ser un entramado de instituciones al servicio de intereses particulares y de grupo. Toda esta situación tiene graves repercusiones para el desarrollo económico del país, la solución sostenida de los grandes problemas sociales y la gobernabilidad estable a largo plazo”.
También en su Catequesis sobre la Oración del Magnificat, el 31 de mayo de 2011, los obispos de la CEN insistieron en el tema al advertir que “los poderosos que ejercitan el dominio en modo despótico y autoritario consolidándose en modo prepotente y tiránico sobre los demás (Lc 22,25), actúan como si Dios no existiera y por eso Dios mismo los destrona y derriba”. Y citaron la sentencia con valor profético del ahora papa emérito Benedicto XVI, de que “los tronos de los poderosos de este mundo son todos provisionales, mientras el trono de Dios es la única roca que no cambia y no cae”.
Más aún. En su mensaje del 26 de septiembre del 2012 los obispos enfatizaron que “la situación que vive el país exige urgentemente replantear el funcionamiento integral del sistema político, pues el poder se sigue concibiendo como patrimonio personal y no como delegación de la voluntad popular”. Y en su Pronunciamiento sobre la reforma constitucional orteguista, el 22 de noviembre del año pasado, los obispos señalaron la necesidad de “purificar y rectificar la mentalidad y la práctica en relación con el ejercicio de la política”.
“El que tenga oídos que oiga”, dice el Evangelio de Mateo. Pero, ¿tendrá oídos Daniel Ortega?
Ver en la versión impresa las páginas: 12 A