Asdrúbal Aguiar, eminente jurista, politólogo y escritor venezolano, ha escrito en un artículo que “para los demócratas verdaderos, ajenos al clientelismo, todo diálogo tiene como límite a la misma democracia y sus valores éticos, (que son) innegociables.
Aguiar se refiere, específicamente, al diálogo que un sector de la oposición de Venezuela está sosteniendo con el gobierno autoritario de Nicolás Maduro. Este diálogo comenzó el pasado 9 de abril, con el auspicio de los cancilleres de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), cuando la represión gubernamental contra las protestas callejeras de los estudiantes y otros sectores del pueblo venezolano habían arrojado ya un saldo de casi cuarenta muertos, decenas de heridos y centenares de encarcelados, incluyendo a Leopoldo López, el líder del sector más combativo de la oposición democrática.
A estas alturas, el diálogo venezolano se encuentra estancado y se espera que lo pueda reanimar la presencia en Venezuela del secretario de Estado del Vaticano, monseñor Pietro Parolin, quien fuera Nuncio Apostólico en Caracas durante cuatro años, de 2009 a 2013, y por lo tanto es buen conocedor de la realidad de ese país.
Pero no es por falta de un buen intermediario, que se ha estancado el diálogo de un sector de la oposición venezolana con el gobierno dictatorial que preside Nicolás Maduro, sino porque este no tiene voluntad para ceder, lo cual es indispensable para poder llegar a un acuerdo satisfactorio y positivo. Muy bien se sabe que cuando alguien pretende que la otra parte se le someta, ningún diálogo puede servir para lograr un entendimiento satisfactorio y resolver el conflicto. Es más, en ese caso ni siquiera se le puede llamar diálogo.
En Venezuela, la dictadura de Nicolás Maduro insiste en que “no dará marcha atrás con su socialismo del siglo XXI, esperando de la oposición únicamente su reconocimiento”, señala Asdrúbal Aguiar. “He aquí, pues, el dilema —agrega el analista—. Unos dirigentes sueñan con una Venezuela dentro de la horma marxista… de suyo excluyente, donde el poder del Estado se desplaza mudando en poder de los “colectivos” (o sea las fuerzas de choque) y siendo extraña a la Constitución y la democracia. Los otros repiten el catecismo democrático libertario, afirman creer en el pluralismo, dicen creer en la iniciativa personal tanto como señalan defender la existencia de un Estado facilitador o promotor y garante de los derechos y finalidades de la sociedad civil”.
Esta reflexión se refiere a Venezuela, como hemos dicho antes, pero es igual para cualquier otro caso o país donde se trate de realizar un diálogo para resolver una crisis política, un conflicto internacional o cualquier pugna entre dos o más partes que tienen posiciones y opiniones encontradas. Y por ende, es válido también para Nicaragua, donde precisamente ahora se está hablando de diálogo nacional a propósito de la reunión que los obispos de la Conferencia Episcopal sostendrán con Daniel Ortega.
En Nicaragua, como en Venezuela, el límite del diálogo es la democracia y sus valores éticos, que son innegociables. Sin este límite el diálogo se vuelve componenda, como ya hubo muchas en la historia nacional.