A propósito de la canonización del papa Juan Pablo II, la lectura de su Santidad, biografía escrita por los periodistas Carl Bernstein y Marco Politi, nos llena de esperanzas sobre el anunciado diálogo entre los obispos y el gobierno presidido por Daniel Ortega.
El libro nos recuerda que en 1979 la llegada del papa Juan Pablo II, por primera vez a Polonia su patria, fue de un gran impacto pastoral y político en un lugar donde no había iglesia ni Dios. “Dejó temblando a las autoridades comunistas en Varsovia y Moscú. Los estudiantes habían tomado el crucifijo como símbolo de la resistencia al régimen”, dice su historia.
De acuerdo con la investigación de Bernstein y Politi, esto fue así porque el régimen autoritario de Polonia había llegado a un punto que solo tenía dos opciones para sobrevivir su mayor crisis política y económica: recurrir a Moscú o a la protección de la Iglesia. Finalmente, el general Jaruzelsky optó por la protección del poder eclesiástico y se inició el derrumbe del imperio soviético.
“Yo no hice que esto sucediera”, dicen que dijo el papa Juan Pablo cuando el mundo comenzó a señalar su papel político y espiritual en el desplome de los países comunistas en el siglo XX. “El árbol estaba podrido, yo simplemente le di una buena sacudida y las manzanas podridas cayeron”, explicó Su Santidad a los periodistas que revelaron documentos del Kremlin luchando en vano por controlar “la diplomacia moral” ejercida con maestría por el papa Juan Pablo II en Europa Oriental.
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Y es que la historia de Su Santidad nos ofrece aspectos reveladores del actuar de la Iglesia en asuntos políticos. Entre estos, es un hecho que el Vaticano —la ciudad Estado de veinte manzanas— bajo el mandato de Juan Pablo II se convirtió frente a Moscú y Estados Unidos, en la tercera superpotencia y fue esta la que inclinó la balanza de la Guerra Fría en santa alianza con el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan.
A pesar de los hechos no ha sido política del Vaticano aceptar que sus jefes de Estado puedan llegar a tener tanta influencia en redibujar el mapa político del mundo.
En tiempos del papa Juan Pablo II sus voceros nunca estuvieron de acuerdo con que a los viajes de Su Santidad se les comparara con las campañas militares de Napoleón. Argumentaban que sería desconocer las Cruzadas Evangelizadoras de sus apóstoles. Sin embargo, reconocían que las visitas del papa habían tenido efectos colaterales con solo predicar los diez mandamientos.
A la luz de la historia entre la Iglesia y su influencia en el poder político, el próximo diálogo de los obispos de Nicaragua con el Estado se plantea en un momento que Ortega, al igual que Jaruselsky en 1983, busca protección del poder de la Iglesia frente a una posible crisis económica y política con el inminente derrumbe de Venezuela.
Siguiendo la escuela de Juan Pablo II debemos entonces entender que para los obispos es una Cruzada Evangelizadora. Por tanto, como lo hizo Su Santidad en Polonia y los países comunistas no esperemos de nuestros líderes religiosos en su cruzada palabras que puedan agudizar una confrontación entre la Iglesia y el Gobierno, entre el poder político y los creyentes cristianos.
Seguramente con la misma “diplomacia moral” del Santo Padre, sin que su anfitrión se sienta provocado, nuestros obispos harán oír su voz por el establecimiento de un Estado de Derecho, el libre sufragio y las libertades públicas. Hablarán de principios no negociables, de los derechos inmutables del pueblo nicaragüense, de temas morales y espirituales en un lenguaje preciso sin que ninguna palabra pueda caer en el vacío.
Frente a la penetrante mirada con autoridad moral de los diez obispos que conforman la Conferencia Episcopal, la pareja presidencial no podrá esconder sus contradicciones en el Gobierno, ni la crisis que saben se les viene encima. No esperemos ni provoquemos los cristianos una batalla política porque en esas cruzadas la escuela de Su Santidad nos dice que la Iglesia no confronta, sabe aguardar, cree en las fuerza de las ideas y en que los tiempos de Dios tienen sus reglas.
Estoy segura que al igual que el Santo Padre Juan Pablo II, la humildad, benevolencia y dulzura que transmite el cardenal Brenes va a sacudir el árbol para que Ortega, en poco tiempo encuentre una salida a su postura insostenible y devuelva a los nicaragüenses su derecho a elegir libremente, a transitar en paz, antes que sea muy tarde como en Venezuela, a un nuevo Estado de Derecho. La autora es periodista.
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