La elección de un nuevo presidente en Costa Rica ha suscitado, naturalmente, muchas especulaciones en lo que respecta a la futuras relaciones con Nicaragua, que durante el gobierno de la presidenta Laura Chinchilla alcanzaron su punto más bajo en muchísimos años. Tal como lo afirmó recientemente el futuro mandatario Luis Guillermo Solís, entre Costa Rica y Nicaragua, no hay causal de divorcio, como corresponde a países limítrofes y hermanos que están destinados a compartir esa vecindad mientras dure el mundo en que vivimos.
Lamentablemente, el propio presidente electo se ha encargado de contradecir sus buenas intenciones al decir que no piensa incluir a Nicaragua en la gira que emprenderá por Centroamérica y República Dominicana antes de asumir el cargo, a fin de invitar personalmente a los presidentes del Istmo a su asunción del mando e intercambiar puntos de vista para optimizar las relaciones entre los países que integran el Sistema de Integración Centroamericano (SICA), con el objeto de perfeccionar y dinamizar un proceso que está todavía lejos de rendir los frutos que visualizaron sus creadores.
Esto es un mal presagio para el futuro de ambos países, ya que constituye una pésima señal para quienes desean que las relaciones entre ambos se normalicen y vuelvan a ser lo que siempre han sido. Costa Rica y Nicaragua no solo tienen una historia común sino que a través de diversas épocas han cultivado vínculos muy estrechos, quizá como con ningún otro país del resto de Centroamérica. Baste recordar que en la Universidad de León (antiguo Colegio San Ramón, 1812), que acaba de celebrar dos siglos de existencia, se formó gran parte de los profesionales e intelectuales costarricenses —entre ellos el bachiller Francisco Osejo— que tuvieron una decisiva influencia en la formación de los valores democráticos de la futura república independiente.
No está demás mencionar, asimismo, los fuertes vínculos familiares que unen a costarricenses y nicaragüenses, así como el significativo intercambio comercial que sostienen ambos países y que se ha mantenido a pesar de los avatares de la política bilateral.
La falta de diálogo para resolver las diferencias que mantienen los gobiernos es causa de la tirantez que reflejan las relaciones. Dos países vecinos no pueden darse la espalda y mucho menos declarar, como afirma el futuro presidente Solís, que no conversará con Daniel Ortega hasta tanto no se resuelvan las controversias que se encuentran pendientes de lo que decida la Corte Internacional de Justicia. Nada, absolutamente nada, sustituye las conversaciones directas en busca de una solución pacífica a situaciones que han entorpecido en el pasado la buena relación que debe existir entre dos países destinados, por obra de la geografía y de la historia, a convivir eternamente lado a lado.
No se puede acudir constantemente, como lo ha hecho y al parecer lo seguirá haciendo el futuro gobierno de Costa Rica, a la justicia internacional sin antes haber agotado otras instancias de diálogo. Ya lo dice el refrán popular: “Hablando se entiende la gente”, que aparte de ser la manera más eficaz de enfrentar y resolver determinados problemas, representa un costo muchísimo menor en materia de gastos financieros.
Esta tensión entre ambos países afecta indiscutiblemente y retrasa innecesariamente el proceso de integración en Centroamérica, que se ha quedado estancado a la hora en que los grandes países del mundo avanzan rápidamente hacia la consolidación de la ansiada unidad económica y política de sus miembros.
El futuro presidente Solís y el mandatario Ortega deben dejar de lado suspicacias y resentimientos recíprocos y sentarse a conversar para buscar un término a las diferencias que afectan gravemente a dos países hermanos. De otra manera el veredicto de la historia será implacable para quienes, habiendo podido construir puentes de fraternidad y armonía, se dedican a ser zapadores de la unidad que siempre debió primar. El diálogo es irrenunciable.
El autor es diplomático. Exembajador de Nicaragua en Chile.
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