Nicaragua vuelve una y otra vez a someterse a las manos de un dictador. Veamos nuestra historia, nuestros líderes, poetas, guerras, dictadores y mártires, y veremos cómo regresamos una y otra vez a la misma situación política y su resultado final, un pueblo que sigue en la pobreza. Nos falta un libro de filosofía que porte el nicaragüense como tesoro en su corazón, que nos haga conducirnos por la vida en forma feliz, que nos lleve a la permanente resolución de nuestros problemas históricos. Porque ningún dictador se pone allí si no son otros quienes lo ponen por un salario, si no es un pueblo que calla con impotencia cuando son violados sus valores más sagrados.
Rubén Darío, el Príncipe de las Letras, el padre del Modernismo, tomó el idioma español en sus manos y lo manejó con un arte tan incomparable que solo los más laureados poetas de la historia podrían intentar igualar. Sus Cantos de vida y esperanza lo acercaron a dejar valores a los nicaragüenses. Pero Rubén también fue presa de la ambición de la prodigalidad, de las ganas de ser famoso. Como dice Dante: “Fijó el rostro más a ver su voz que a la verdad, y así detuvo su opinión a que admiraran su arte, y no la razón”. Tal vez si Rubén hubiera muerto con más edad hubiera producido ese libro de valores filosóficos que todavía necesitamos, tomado de nuestras raíces y de nuestra fe cristiana y mariana, de modo que pudiéramos vernos allí reflejados y poder medir también con esa vara a nuestros líderes.
Un día no hace mucho tiempo, en Munich, en uno de tantos viajes de trabajar me sentí muy solo sin remedio. Me metí a ese templo gigantesco de su catedral. Me sentía rendido y entregué el cansancio de buscar y no encontrar. Y encontré a ese Dios que perdona y que se hace Cristo y a María, esa que enseña siempre con el ejemplo. Decidí estar la segunda parte de mi vida con Dios. Empecé a leer nuestra historia, a la gente que dio su vida por la virtud como Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y Pablo Antonio Cuadra, y a tantos otros como Somoza y Ortega, que han surgido de hacer sufrir a los demás, incluso a los que los aman y a sí mismos, o aquellos que heredaron de sus padres o de la pobreza vivida la ambición de querer hacerse ricos como un fin en sí mismo, maldición que te llevas al extremo final de tu vida. Y me compadezco por el pueblo porque sufre allí bajo el inclemente sol de nuestra historia, esperando sin parar la resolución de su pobreza.
Necesitamos esa perla de filosofía que se encarne en el corazón de los nicaragüenses, para que un día cada uno sepa muy dentro que por el amor a la virtud, a la libertad y al trabajo ni su cuerpo ni su alma se puede vender por dinero a la arrogancia, a la soberbia, al robo, al fraude y la mentira, a la ira ni a la prepotencia, ni a la envidia ni al desprecio de la creencia verdadera que es Jesús y María. A vivir con virtud, no con envidia al que más tiene, o al odio al que le quitó algo material, a la pereza que todo lo hace imposible, o la lujuria que degrada la naturaleza, y puedas elevar tu alma arriba de todo ese montón de errores, de modo que vivamos orgullosos de nosotros mismos y de nuestra Patria. Que podamos ver a Nicaragua como ese bello paisaje logrado con sabiduría colectiva, del cual nunca tengamos que emigrar.
El autor es ingeniero.
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