Hispanoamérica, ya independiente, fue hilvanando cadenas de fracasos, que no la han aleccionado. En contraste, Estados Unidos evolucionó como un país triunfador, que comenzó tardía y comparativamente en desventaja ante Hispanoamérica.
Esta debería ser una gran comunidad económico-política-cultural, pero muestra un rostro desfigurado por el caudillismo, la corrupción, la perversión institucional, la pobreza. Rostro mutilado, mirada confundida por una educación, que siendo clave del desarrollo, es pobre y hasta (en algunos países) impúdicamente partidarizada. Esta chocante imagen es difícilmente digerible, aunque deba reconocerse como paso previo a la dolorosa cura. Sin embargo, algunos utilizan un espejo infiel, que refleja a su gusto una Hispanoamérica (y por ende una Nicaragua) maquillada para ocultar culpas propias y atribuírselas a otros. Muchos en este subcontinente víctima de múltiples complejos de inferioridad, frustrado históricamente por sus fracasos, humillado por el éxito extranjero, quieren creer en ese rostro falsificado. Y llueven los pretextos. El más socorrido: El imperialismo. Pero si la hegemonía norteamericana indudablemente protagonizó graves incidentes episódicos, no determinó, ni determina, el desempeño histórico general de Hispanoamérica.
“Ellos nos dividieron”, repetía vociferante Chávez, el comediante eterno. “Su bonanza causa nuestra miseria”. Así se cultivan (decía Carlos Rangel), los mitos compensatorios de nuestra incapacidad.
Bolívar, Sucre, San Martín, Artigas Los héroes de la independencia hispanoamericana morían en el exilio, o asesinados, por caudillos que destrozaron desde su inicio a Hispanoamérica, mucho antes de que Estados Unidos fueran un poder real. En contraste, Jorge Washington se retiraba venerado, tras rehusar una segunda reelección, dejando que instituciones establecidas (y no caudillos corruptores), vertebraran el desarrollo de su país que, en lugar de autodestruirse, innovaba, y se expandía, acorde a su visión estratégico-geográfica, por compra y por conquista de territorios.
El resquemor ante el éxito ajeno, el hedor de la propia corrupción, adobado por el leninismo, variedad revisionista de varios aspectos del marxismo, engendraron los tres mitos esenciales de la izquierda radical hispanoamericana: el revolucionario como salvador; la revolución radical como única vía redentora, y el imperialismo como “la causa de causas” del fracaso hispanoamericano. De estas motivaciones surgen frases cursi y patéticas. Rusia, cuyo admirable pueblo (víctima de una triste historia política), es tan interdependiente de Europa como distante de Hispanoamérica, resulta abruptamente “una república hermana de Nicaragua”, solo porque actualmente Estados Unidos la confronta por la anexión de Crimea. De este antinorteamericanismo acomplejado salió también el vergonzoso respaldo del gobierno nicaragüense a esa anexión ilegal. De la búsqueda de “vengadores” vicarios (y de algún oscuro “negocito” adicional), surge el peligroso coqueteo sobre posibles bases, o “puntos de abastecimiento” para Rusia.
Aunque nadie puede afirmar seriamente que Estados Unidos está amenazando a Nicaragua, la presencia militar rusa allí podría amenazar la seguridad nacional estadounidense. Si Rusia actuó por razones geoestratégicas (ilegales aunque acordes al realismo político internacional) ¿cuál sería la respuesta norteamericana a un eventual peligro basado en Nicaragua? ¿Repetiría la imprevisión que desembocó en la pesadilla mundial de octubre-1962?
Quienes apoyan esta potencial “hazaña” ya involucraron al país (años 80) en una sangrienta guerra civil (con facetas internacionales como respuesta, entonces, al injerencismo “proletario” frentista), guerra apoyada por Estados Unidos, pero originada nacionalmente contra la dictadura sandinista. Ojalá ese grupo reflexione. La regeneración del país comienza por comprender correctamente las raíces de sus endémicos males internos, raíces diferentes a las mostradas por el referido espejo infiel, reflejo de odios radicales, distorsión del verdadero (y complicado) origen del retraso hispano-americano. El autor es Doctor (Ph.D) en Estudios Internacionales.
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