Más que una elección lo que se hizo en la Asamblea Nacional fue una designación de cargos o magistraturas del ejecutivo, validada por sus diputados incondicionales, es decir, los 63 escaños que tienen, y los dos PLC que se les sumaron para completar el número arrollador de 65 diputados.
¿Quiénes ganaron qué y quiénes perdieron qué?
Ciertamente el FSLN no ganó nada, porque lo tenía todo, sí perdió porque no ganó legitimidad al dar muestras de intolerancia política al extremo y su empecinamiento en continuar con el pacto recurrente y desgastado con los restos del PLC.
La bancada del PLI no perdió nada, puesto que en los cargos públicos de las 54 magistraturas que fueron designadas ayer, nada tenía. Pero sí ganó decoro, autoridad moral y liderazgo nacional como la única opción contra el orteguismo.
Perdieron los que basaron su “estrategia” de lucha o sobrevivencia política, no en su lucha contra el orteguismo, sino en su diatriba diaria en contra del PLI con el objetivo de desacreditarlo ante el electorado y quizás así ser considerados ellos como una opción política.
Se equivocaron totalmente los “analistas” que pronosticaron que ya Eduardo Montealegre y el PLI había pactado y que por unos cuantos cargos en el Estado se habían entregado al Frente Sandinista y votarían por Roberto Rivas. Son perdedores.
Por buscar de buena fe y tomando riesgos políticos como poner a gente correcta en los poderes del Estado y devolverle la credibilidad al Consejo Supremo Electoral y otras instituciones que actúan bajo lineamientos políticos, no íbamos a actuar en contra de nuestro electorado coronando en el Consejo Supremo Electoral al mayor artífice y responsable de los 3 fraudes electorales del 2008, 2011 y del 2012 donde abundaron pruebas de inverosímiles casos de irregularidades.
La Bancada del PLI no perdió lo que nunca tuvo (los cargos) pero sí ganó lo que muchos “analistas opositores” pusieron en tela de duda para jugar al jueguito de “quítate tú para ponerme yo”.
Ha perdido Nicaragua una gran oportunidad de andar por una buena senda. Será muy difícil y costoso deshacer el camino recorrido hacia el totalitarismo, la intolerancia política que lleva en sí el germen de la violencia recurrente en nuestra historia.
¿Para qué hablar de consenso si lo que se persigue no solo es la sumisión, sino la humillación total para destruir a su adversario y enfrentarlo contra sus propios electores?
Está claro ahora para qué el Frente Sandinista quería la “elección” (designación) de magistrados antes del diálogo con los obispos. Ahora que los obispos demanden institucionalidad, nuevas caras en los cargos públicos y balance en los poderes del Estado, Ortega seguramente les dirá: si ya todo esto está arreglado con los 65 votos (mayoría absoluta) con que fueron electos por la Asamblea Nacional.
¿Cómo restaurar la credibilidad del voto en el 2016 como medio para que el ciudadano exprese su posición política, castigue o premie a los gobiernos, con el actual Consejo Supremo Electoral?
Definitivamente ha perdido Nicaragua una gran oportunidad y en ese sentido todos somos perdedores. El autor es diputado de la Bancada del PLI.
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