Julio Francisco Báez Cortés

Don Emilio: un renacentista de la ciencia como vocación

Sin vacilación alguna he prestado a Max Weber las barajas que magistralmente jugó durante aquel par de conferencias cimeras sobre ciencia y sociedad, con el propósito de saludar a una ilustre personalidad de la historia contemporánea de Nicaragua que en su nueva condición de Miembro Honorario de la Academia de Ciencias de Nicaragua (ACN) continuará enseñándonos y reiterándonos el auténtico sentido de la vida.

Debo confesar que mientras escribía esta reflexión, estuve al borde de caer en la trampa mortal que mandaría a retiro al político Álvarez Montalván para enfocarme exclusivamente en don Emilio el científico de la medicina y sus milagros en la oftalmología, ¡como si la ciencia política y la ciencia médica no fueran cotos de caza que por partida doble han marcado e inspirado su larga trayectoria. La ACN se honra al abrir sus puertas de par en par a este lúcido y audaz bígamo de la ciencia: fogoso amante de la medicina y a la vez fogoso amante de la política! renacentista

Todo comenzó entre primerizas huellas signadas por máximos honores de un muchacho errante de la ciencia que en los años cuarenta dejaba su impronta académica en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, en los institutos y centros de oftalmología de Buenos Aires, Londres, Asunción, París, Sao Paulo y New York. El ímpetu del cosmopolita imberbe de la medicina asomaba sus andares. Empezaba entonces su exitoso peregrinar.

Luego llegaría el sembrador de instituciones con despliegue de ciencia y humanismo. La Sociedad Nicaragüense de Oftalmología, la publicación de obras altamente especializadas, la creación de revistas científicas y las distintas clínicas oftalmológicas nacidas bajo su impulso a lo largo de los años cincuenta, confirmaban a un reputado pionero de la ciencia médica experimental en Nicaragua.

Nuestro hombre enfrentaba con aplomo y coraje la conquista de los extraños casos y sorprendentes mitos hasta entonces inadvertidos por la ciencia, que a la sazón constituían la seductora causa de la “medicina mágica” en Nicaragua: desnutrición avanzada, avitaminosis y lipoproteína amalgamaban el engendro de la misteriosa ceguera nocturna en Puertas Viejas de Ciudad Darío, versión criolla de Comala en el inigualable Pedro Páramo del mexicano Juan Rulfo; ya no digamos su admirable diagnóstico de tripanosomiasis o mal de Chagas. Aventura emprendedora e investigación aplicada que poco a poco cincelaban al científico.

Pero volvamos con Weber a los dos ríos que dan a la mar y naveguemos en este momento por los derroteros de la ciencia política hacia donde nos lleva de la mano el patriarca Álvarez Montalván, armonizando con genial destreza la ética de la convicción, terriblemente briosa, ortodoxa y de ímpetu irrefrenable, con la ética de la responsabilidad henchida de valores, flexible y constructora de consensos. En suma, una sola ética de renovación y cambios que Andrés Pérez Baltodano, discípulo y exégeta de don Emilio, denomina “subversión ética de la realidad”, hermana gemela de la “situación de catarsis” que reivindica Antonio Gramsci.

A propósito del testimonio vital de don Emilio y del reprimido silencio que hoy padece la nación, escuchemos una suerte de preámbulo de aquella memorable y límpida catilinaria del maestro al actual gobierno de la República cuando recibía en el 2009 la orden José de Marcoleta en el grado de Gran Cruz: “No tengo hacha que afilar, rencor que ventilar o temor que me restrinja. Por otra parte, si a los 90 años no tengo independencia, valor y lucidez para expresar mis opiniones con franqueza y ecuanimidad, no tengo cuándo poder hacerlo”. (Nota bene: nuestro personaje cumplirá 95 años el 31 de julio del presente año).

Batiendo palmas y laureles abrazamos al doctor Álvarez Montalván, intransigente crítico de la odiosa “neutralidad” de la ciencia que embalsamada en los escombros de la inercia y del servilismo hacia el poder, es la perfecta antítesis de la ciencia comprometida con valores humanísticos, “porque ciencia no es solo saber, sino hacer”. La misma que embarga luchas sociales y políticas, enemigas acérrimas del encapsulado intelectual. ¡Supuestos ojos neutros de la ciencia que el oftalmólogo extirpó sin concesiones! Idénticos a los del pez de Hemingway en El viejo y el mar: ojos mustios y absurdamente almidonados “como el espejo de un periscopio” o como la fingida virginidad de cualquier politiquero en disertación.

Recibamos a don Emilio Álvarez Montalván desde su comando despertador de savia nueva en marcha con Jesús Martín Barbero, motivador de somnolientas juventudes, “más objeto de políticas que sujetos–actores de cambios”. Debemos agradecer a don Emilio su “manía platónica” al servicio de una causa. Su radiante soplo de pasión, luz engendrada, vientre de inspiración.

(Discurso en la ceremonia de condecoración al doctor Emilio Álvarez Montalván, poeta Ernesto Cardenal y profesor Bayardo Serrano Fernández, como miembros honorarios de la Academia de Ciencias de Nicaragua (ACN). En Managua, 28 de marzo de 2014). El autor es experto en derecho fiscal.

Ver en la versión impresa las páginas: 11 A

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