He insistido en mis escritos en que, en Nicaragua, la educación —o la falta de educación— está produciendo una escala de antivalores que nos está causando males increíbles y que serán más graves con el pasar del tiempo.
En los años sesenta y setenta, ser líder estudiantil era un compromiso moral de dimensiones ahora impensables. Pude conocer directamente a jóvenes que lideraron los movimientos estudiantiles —y no solo en su desempeño político, sino en su rol de estudiantes— que eran modelo de honestidad. No me cabe, ni me hubiera cabido en la cabeza ver a un líder de ese entonces haciendo negocios sucios, al amparo de sus influencias obtenidas por su cargo de líder. Imposible.
Ocupé varios cargos de dirigente estudiantil en la Facultad de Humanidades y tuve la oportunidad de conocer a decenas de líderes de diversas tendencias, comunistas, socialistas, socialcristianos, liberales, conservadores, de todo En los sesenta, el dirigente estudiantil ni siquiera podía ser becado. Se veía como una relación con la autoridad que debía evitarse. Y los rectores, decanos, etc. jamás hubieran ofrecido algo a un líder; ¡jamás! Todo lo contrario. Un Carlos Tünnermann, un Nassere Habed, un Guillermo Rosales, entre otros, eran ejemplos vivos de honestidad en el manejo de las finanzas y de otros recursos de la universidad. Y, una forma de su ejemplo como maestros era respetar nuestra condición de líderes. No había forma que se pudiera dar a entender, ni menos, la posibilidad de una entente entre el dirigente y los recursos de la universidad.
Pensar que Fernando Gordillo, Brenda Ortega, Michelle Najlis, Erick Ramírez, entre tantos, fueran “asalariados de la universidad. ¡Imposible! ¡Ni siquiera becados! Debía de haber una raya muy bien marcada entre la dirigencia y las autoridades de la universidad. Había, claro, una buena relación; pero, jamás una forma, relación, o dependencia del líder con las autoridades.
Y otra condición. El líder debía ser un alumno y persona ejemplar. Ahora esa calidad no se toma en cuenta. Valen más las conexiones y capacidad de genuflexión.
Qué pena. Cómo se ha prostituido esa condición de líderes y autoridades. Ahora, los “líderes” manejan recursos enormes que reparten entre sus paniaguados sin tomar en cuenta el rendimiento académico, ni personal, sino la sujeción a los dictados del partido. Inclusive, hay “estudiantes”, sin ser líderes formales, que reparten recursos a su entender: dinero, alojamientos, becas de diferente naturaleza y ¡hasta motocicletas y carros ! Y las autoridades entregan los recursos al “líder” sin preguntar qué va a hacer con ellos, porque, de hecho, ya saben qué va a hacer. ¡Eso no es amor al chancho, sino a los chicharrones !
El resultado a corto plazo, es evidente. Como muestra, la perla que ha salido a luz: un “connotado” líder, ahora diputado, metido a negocios turbios de millones. Y salió en los diarios, ¡y como si nada! Sigue en la Asamblea con una cáscara de “padre de la patria”. ¡Prefiero ser huérfano! En cualquier país donde haya leyes que se cumplan, ese tipo debería estar, al menos, en investigación, aunque, al final, solo le culpen de tener “talco”.
Y ese es y será el prototipo al que aspiren ser los nuevos y actuales “líderes”. ¿Y las autoridades de la universidad? ¡Contentas! ¡Eso era lo que querían formar!
Y, a largo plazo Nosotros que estamos buscando líderes de unidad, honestos, confiables. ¿De dónde los sacaremos? ¿De los miles de “egresados” de la universidad formados en esos moldes de corrupción y antivalores? ¿Y los alumnos honestos? ¡Los hay! Es imposible que no haya tres honestos en Sodoma y Gomorra. ¿Y los decanos, rectores honestos ? ¡Los hay!
No imaginemos la Nicaragua futura en manos de estos “líderes”.
Pensemos y roguemos a Dios para que nos haga el milagro de desaparecer esa tendencia amoral y delincuencial que priva en las relaciones de “líderes” y autoridades universitarias que permiten y forman esas conductas.
¡Dios nos ayude ! El autor es Maestro.
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