Víctor Caceros
El cáncer como enfermedad ha sido elusivo en sus soluciones desde que Hipócrates y Galeno en la antigua Grecia le reconocieron como una entidad que cobraba vidas en forma de tumores en el cuerpo, que por su apariencia dura en la piel que semejaba una “caparazón” inspiraron su nombre.
Actualmente en Latinoamérica la enfermedad sigue en aumento casi sin encontrar resistencia. La muerte y otras consecuencias están íntimamente vinculadas a factores socioeconómicos, culturales y estereotipos culturales que generan desinformación y paradigmas discriminativos y con visión fatalista del problema. Escuchamos frases como: “El cáncer es sentencia de muerte”, o “no hay nada qué hacer”.
Según un informe publicado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) (www.paho.org), el aumento de casos de cáncer es alarmante, siendo para el año 2030 que la incidencia aumentará en las Américas hasta en un setenta por ciento, especialmente en casos de seno y cérvix en mujeres de todas las edades, lo cual representará altos costos en salud para todos los gobiernos. El cáncer representará en veinte años más de 300,000 casos nuevos en el año, solo en cáncer cérvico uterino y mama, de los que se espera que más del ochenta por ciento sean diagnosticados en etapas avanzadas y hasta el treinta por ciento mueran solo en el primer año. Es decir 90,000 personas.
Varios son los factores que influyen en estos datos estadísticos, por ejemplo: los pocos recursos destinados en la prevención y diagnóstico temprano, y por consiguiente pacientes con enfermedades avanzadas en su mayoría, con más altos costos de recuperación, rehabilitación y reinserción a la vida productiva y en sociedad con más expectativa de vida por el mejor control de las enfermedades infecto contagiosas.
Actualmente en el mundo hay un interés renovado por estos temas, ya que todos los días aparecen nuevos tratamientos y nuevas tecnologías, que no solo permiten la recuperación completa, sino la curación de muchos de los pacientes.
Los esfuerzos son replicados en todos los países y esto despierta poco a poco la conciencia de una sociedad. El ejemplo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) a través de su programa “El foro panamericano contra las enfermedades no contagiosas”, es ejemplar y debe ser multiplicado.
Solo en Nicaragua, por ejemplo, son alrededor de unos 5,000 casos de cáncer de todo tipo que detecta anualmente, a nivel nacional, según publicó este medio de comunicación en el 2012, basado en estudios realizados por el Sistema de Vigilancia para la Prevención del Cáncer (Sivipcan).
Hay que considerar que existe un gran subregistro y que muchos de estos pacientes de toda la región centroamericana ni siquiera tienen acceso a servicios de salud de segundo o tercer nivel y los recursos para diagnóstico y tratamiento no son suficientes. Se requieren más esfuerzos.
Me parece excelente el hecho que en Nicaragua ya existan iniciativas como “MoviCáncer”. Desde hace tres años se ha convertido en una plataforma a través de la cual se pretende hacer una labor de educación, concienciación e información continua. Son un ejemplo para nuestro país en donde el tema cáncer es el gran ausente a la hora de escuchar los programas nacionales de salud. En El Salvador, solo existe un centro privado especializado en cáncer que ha invertido en tratamientos de primer mundo.
El subdesarrollo, por la baja producción de riqueza y los altos costos de los tratamientos, deja a los pacientes condenados a la invalidez, discriminación aun de los servidores de salud, la discapacidad y progresivamente a la muerte.
El cáncer es un tren expreso de alta velocidad y su combustible es la indiferencia, arrolla indiscriminadamente sin piedad y sin respetar edad, sexo, posición socioeconómica o cultural. Por ello, la indiferencia social, junto con el cáncer, debe ser erradicada definitivamente.
Un paciente sano no solo es un actor de la sociedad que hace cultura, sino que también es un aporte a la economía y el desarrollo. Las historias de esperanza son incontables, debemos encontrarlas y difundirlas. El autor es doctor. Jefe de Radioterapia del Centro Internacional de Cáncer, de El Salvador.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A