CARTAS DE AMOR A NICARAGUA
Q
uerida Nicaragua: Ciertamente el camino adecuado cuando hay problemas en un país es un diálogo nacional. Obviamente nadie quiere que los problemas se arreglen por la vía de la confrontación y la violencia. Las guerras que hemos padecido en los últimos 40 años nos dejaron centenares de jóvenes muertos y otro tanto mutilados. Igualmente las guerras nos dejaron miles de ciudadanos nicaragüenses en el exilio donde han hecho su vida y quizá nunca volverán. Vienen nada más de visita y luego se van. Perdimos centenares de cerebros que se largaron al extranjero y no volvieron más.
Después de esa amarga experiencia a nadie se le puede ocurrir que nos enfrasquemos en otra guerra. Creo que tampoco existen las condiciones en el mundo internacional como para apoyar nuevos movimientos armados.
Pero la violencia no solo se produce con gente armada. También brota espontánea como resultado de la injusticia, la pobreza extrema, el irrespeto a las leyes por parte de las autoridades, el aprovechamiento de los bienes del Estado para enriquecer a funcionarios o a particulares vinculados al oficialismo, o sea el tráfico de influencias. La violencia en un pueblo se genera también cuando se adivinan o se presienten las intenciones de los presidentes por quedarse por largo tiempo en el poder aún en contra de las leyes.
Cuando un pueblo se siente oprimido por el medioambiente, por las circunstancias, por la falta de empleo, por el hambre, igualmente tiene que reaccionar con violencia. Primero la protesta cívica y luego un tipo de violencia sorda que va manifestándose en todos los ambientes.
Actualmente se habla insistentemente de un diálogo nacional entre la Conferencia Episcopal y el Gobierno. Soy pesimista en ese sentido, aunque desearía de todo corazón que se realizara un diálogo sincero con el propósito de corregir lo que anda mal. Pero, como yo y cualquier ciudadano lo puede ver, aquí el Gobierno piensa que todo anda bien, la macroeconomía magnífica, crece la economía, el pueblo está feliz según los medios de comunicación oficialistas. Y si todo anda bien para el Gobierno, ¿para qué dialogar con nadie?
El Gobierno no habla de las violaciones a la ley, de los abusos diarios, de los asesinatos, de los casos escandalosos que ocurren y que dejan en ridículo a la Policía, al poder judicial y al mismo Gobierno, como es el caso del señor Milton González, que por ser hermano del campeón boxístico gobiernista Chocolatito González, le encuentran una carga de cocaína, comprueban que lleva hasta una pesa para la entrega de coca, lo detienen, y cuando se dan cuenta de que es hermano del boxeador, la propia Policía se echa para atrás diciendo que lo que llevaba no era coca sino que talco. Esto que en un país verdaderamente democrático daría vergüenza, y causaría la renuncia de más de un funcionario público, aquí ocurre como cosa normal.
Un utópico diálogo nacional requeriría una agenda abierta para poner sobre la mesa todos los problemas nacionales, o al menos los más importantes. El primer punto de ese diálogo podría ser la institucionalización del país. Este es un primer punto clave para incluirlo en un diálogo nacional. El otro es la remoción total de los funcionarios altos y bajos del Consejo Supremo Electoral, pues son ellos los actores, cómplices y encubridores de todos los fraudes electorales que hemos padecido. Este Consejo ha sido el responsable de las reelecciones ilegales de don Daniel, del robo de centenares de alcaldías para dar prebendas a los gobiernistas y represión y palizas para los opositores. A este Consejo hay que quitarle el manejo de las cédulas, creando un Tribunal de Cedulación nacional honorable.
Estos dos puntos darían la pauta de lo que sería el diálogo nacional. Son más que suficientes para iniciar un diálogo sincero, franco y patriótico. Dios quiera que pueda realizarse. El autor es gerente de Radio Corporación. Excandidato a la Presidencia de la República en 2011.
Un utópico diálogo nacional requeriría una agenda abierta para poner sobre la mesa todos los problemas nacionales, o al menos los más importantes. El primer punto de ese diálogo podría ser la institucionalización del país. El otro es la remoción total de los funcionarios altos y bajos del CSE, pues son ellos los cómplices y encubridores de todos los fraudes electorales que hemos padecido.
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