La historia en las artes de Mauricio Rizo inició hace mucho. “Todo comenzó cuando era apenas un niño, cuando empecé a ir a la escuela, cuando me dieron mi primer cuaderno y mi primer lápiz. ¡Qué maravillo!”, dice el pintor.
Así el niño empezó a garabatear sus primeros dibujos, hoy es el hombre que celebra 25 años de carrera artística, un cuarto de década pintando.
De la muestra, Mauricio Rizo Exposición retrospectiva, que se exhibe en el Teatro Nacional Rubén Darío y que estará hasta el 31 de marzo de 2014, fluyen algunos cuadros figurativos, retrato, paisajes, alegorías, bodegones y nocturnos, temas que siempre lo han apasionado y esta vez como novedad los cuadros de gran formato donde él reinterpreta las poesías de Rubén Darío.
El pintor confiesa que siempre mantuvo inquietud por la poesía, “antes componía, hace unos treinta años, también componía música y lo dejé por la pintura, tal vez por eso me acerqué a Darío”, cuenta.
También agrega que su interés nació, “porque me di cuenta que poca gente pintaba la obra de Rubén Darío y si la pintaban lo hacían de manera superficial y ni se acercaban a la obra, eso me motivó”, explica.
EL PARAÍSO INTERIOR
En el Salón de los Cristales donde se cuelgan sus cuadros, revela sobre una de las pinturas sobre los versos de Darío.
“Por ejemplo en mi versión del reino interior donde se presentan situaciones íntimas, el poema trata de las siete virtudes y de los siete pecados capitales, entonces propongo en el centro una fuente donde hay malezas y flores, ahí represento que la humanidad tiene tanto de bueno y malo, a la izquierda tenemos una copa pequeña donde caben los siete pecados capitales, pero a la derecha una ánfora donde pueden caber los 14 pecados, esas son mis interpretaciones”, advierte.
UN ACERCAMIENTO
Ramón Rodríguez, director del Teatro Nacional Rubén Darío, dijo que “la retrospectiva de Mauricio Rizo es un acercamiento a su pasado reciente, un repaso al oficio del pintor que ha ejercido con gran firmeza. Nos encontramos con el paisaje jinotegano, recordando el quehacer del retocador fotográfico”.
También “nos invita a transitar por los diversos matices de luz, esos que se armonizan, ceden o transmutan en amaneceres o atardeceres o simplemente desaparecen para emparentar o diferenciar el día de la noche. Para Mauricio un cuadro es una experiencia espiritual, personal, íntima”, valora Rodríguez.
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