Danilo Arbilla
“Hoy en Venezuela todas las noches son de cuchillos largos y cristales rotos”.
Un incansable corresponsal me hizo llegar ese mensaje. La noche anterior las bandas armadas, los muchachos de Maduro, auténticos fascistas coordinados con las “fuerzas de orden” habían arrasado nuevamente con perdigones y gas lacrimógeno a discreción y sin respetar domicilios y tanquetas aplastaban a los automóviles estacionados a los que los “auténticos muchachos” se dedicaban a incendiar.
Mientras tanto, el presidente Obama encaraba personalmente la crisis en la lejana Crimea y la suerte de sus dos millones de habitantes, en su gran mayoría rusos o pro rusos, sin referirse ni manifestar inquietud por la suerte de treinta millones de venezolanos cuyos derechos son avasallados, y que son violentamente reprimidos, ahí nomás, a muy pocos pasos de los EE. UU.
El caso Venezuela, un gran proveedor de petróleo y cliente de los EE. UU. pese a tan malas relaciones, se ha dejado en manos de la OEA, al decir de meros “portavoces”.
¡La OEA! Pobres venezolanos. Escribí esta columna cuando el consejo de la OEA estaba reunido en Washington, en el que no pasó nada digno de destaque y menos de aplauso. No salió la convocatoria a una reunión de cancilleres para analizar el tema venezolano, ni se concretó una misión a Venezuela para ver las cosas in situ, ni surgió una fórmula para efectivizar un diálogo en serio con por lo menos un seguimiento desde la organización. Ni que hablar de una condena a Maduro.
Menos mal que se descartó una vergonzosa una resolución propuesta por Bolivia, reforzando la legitimidad de Maduro —sobre la que no pudo haber recuento ni seguimiento ni por parte de sus amigos de la Unasur— y respaldándolo por sus llamados a la paz y al diálogo.
Lo que sí se pudo rescatar de esta participación de la OEA en el tema de Venezuela, fue la conducta digna y valiente del Gobierno de Panamá. Una actitud doblemente valiosa por cuanto puso en el tapete, de una vez por todas, el tema de la represión y del quehacer antidemocrático del gobierno bolivariano y a la vez dejó más al desnudo, si cabe, a otros gobiernos que han renunciado a su deber de defender la democracia y los derechos humanos y en los hechos han sido los principales sostenedores, por no decir cómplices, del gobierno de Maduro.
Los panameños no tuvieron miedo a las ordinarieces e insultos de los bolivarianos, inaugurados por Chávez y continuados, más guturalmente, por Maduro. No optaron tampoco por el silencio, tan ominoso, para cuidar las “relaciones diplomáticas”. Y lo hicieron convencidos que era más importante ayudar al pueblo venezolano que pensar en que Maduro aprovecharía la circunstancia para quedarse con la plata — entre mil y mil doscientos millones de dólares— que Venezuela le debe a Panamá.
Está claro lo de Panamá, lo que parece importante aclarar es por qué no lo hicieron los otros. ¿Por miedo a ser insultados? ¿Para no perder la cuota de petróleo barato? ¿Para poder seguir sacando la “gran tajada” de la economía venezolana y seguir llevándose las riquezas de Venezuela? ¿para poder cobrar lo que Venezuela les debe? ¿para no perder un socio comercial? ¿para evitar que en la interna y en épocas electorales el subsidio y las maletas vayan para los otros? O ¿para que no fracase o corra algún riesgo cierto programa, o “conversaciones”, que se consideran claves para lograr una reelección?
La prensa, los periodistas, al tiempo de informar con profesionalidad y darle el mayor espacio a lo que está ocurriendo en Venezuela, deberían abocarse a la vez a la búsqueda de las respuestas a aquellas preguntas, las que sin duda van a ilustrar mucho sobre los reales valores y cuáles son los intereses de esos gobernantes “ajenos”, ausentes y silenciosos. Poner al descubierto ante la opinión pública de cada país esos porqué, expondrá y obligará a sus gobiernos a asumir posición y a actuar. Y esto, sin duda alguna, ayudará más a los venezolanos, a la democracia en Venezuela y en la defensa de los derechos humanos, que cualquier solidario editorial que se escriba. El autor es periodista uruguayo, expresidente de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).