¿De qué le sirve a un país contar con las fuerzas armadas más poderosas y mejor apertrechadas del planeta si, irónicamente, su comandante en jefe es visto como un completo pusilánime? Esta es la pregunta que se hace medio mundo a propósito de la reciente e inesperada invasión de la península de Crimea, en Ucrania, por órdenes del presidente ruso Vladimir Putin.
Sin temor a equivocarme, en mi opinión lo que desencadenó la intervención del Kremlin en Ucrania probablemente sea que existe la sensación de que su enemigo histórico, Washington D.C., se encuentra como un barco a la deriva, no solo debido a unas luchas internas tan encarnizadas dentro del Congreso, que innegablemente han debilitado la percepción del presidente estadounidense en el escenario internacional, sino sobre todo considerando que don Barack Obama ha sido un tanto cantinflesco, a la hora de trazar y luego bailar sobre sus famosas “líneas rojas”, como en el caso del uso de armamento químico por parte del gobierno sirio el año pasado.
Ahora bien, no se puede negar la apreciación que existe en el sentido de que Putin es un matón; y como todo matón, habría medido las debilidades del dirigente del único país que podía adversarlo y decidió atacar cuando este aparecía más débil, incapaz de realizar un contragolpe. Agravando la situación, el mundo entero se encuentra en un modo pos-Guerra Fría desde 1991. Es decir, las naciones más desarrolladas desde entonces procuran sostener relaciones diplomáticas y comerciales más fluidas, sin que hasta ahora lo hayan impedido los vestigios de la tristemente célebre “Cortina de Hierro”.
Así, pues, hoy el mundo no está dividido, como antes, en dos bloques geopolíticos, en donde la antigua URSS tenía asegurada un área de influencia militar, diplomática y económica. Ahora, más bien, se trata de un orbe que propicia la globalización e integración de los mercados, de las manos de obra y de los capitales, y donde lo que prevalece es la competencia entre los distintos países, respetando todos ellos las reglas del comercio internacional. Por el contrario, Putin, un excoronel de la KGB, pareciera que solo está interesado en revivir glorias pasadas al invadir (por segunda vez) un país vecino, como pretendiendo aprovecharse de lo mejor de dos mundos… Actuando amparado en la fuerza de sus pistolas por un lado, mientras por el otro espera ser tenido como un líder mundial en las conferencias del G-8; todo porque ansía restablecer el orgullo y posicionamiento de la madre Rusia ante la humillación de haber perdido la Guerra Fría, que según sus propias palabras constituyó el peor desastre geopolítico del siglo XX.
Y, precisamente porque esto parece convertirse en una tendencia por parte de Putin (considerando su orden de invadir Georgia en el 2008), es que está sumamente preocupada la OTAN, aunque no tanto como para considerar una respuesta militar. Más bien podríamos ver la imposición de sanciones económicas y el aislamiento diplomático como su máxima respuesta. Aunque Putin debiera estar en una situación de desventaja por lo evidente de su actuación anacrónica, la verdad es que frente a un débil y debilitado Obama, ello no lo podemos asegurar completamente.
No obstante, si la Casa Blanca logra que la presente crisis se convierta en una reedición de la primera guerra de Iraq (en donde un dictador invadió un país vecino indefenso), liderando, como Bush padre, la formación de una gran coalición que le haga frente a semejante agresión, bien por él. Pero si no fuera así, estaríamos ante la irónica posibilidad de que Putin declare y gane una nueva Guerra Fría en tan solo un término presidencial. El autor es activista df las redes sociales
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