El poder, sobre todo el poder absoluto, siempre ha tenido una dimensión misteriosa. Los estudiosos de la antropología del poder afirman que el poder absoluto siempre ha estado relacionado, en todas las culturas y en todos los tiempos, con el misterio: con adivinos, brujas, diablos, fantasmas o con ángeles y santos.
Esto explica el porqué muchos gobernantes absolutistas, a lo largo de la historia, han explicado sus derrotas en función de maldades diabólicas o han atribuido sus triunfos a la ayuda de los santos. Y aunque en la actualidad esto aparentemente no sucede, el poder absoluto, en cuanto poder mágico, sigue teniendo algo de irracional, mítico y misterioso, que infunde temor, a veces miedo, dependiendo de cómo los pueblos ven la peligrosidad del poderoso.
Yo recuerdo que una señora decía que a Somoza García no lo podían matar porque se daba cuenta de antemano de cualquier conjura en su contra; que tenía un “staff” de zajurines que lo adivinaban todo. Pero aparte de los zajurines, doña Salvadora de Somoza consultaba con frecuencia con una pitonisa lo que el futuro depararía a su marido.
Casi en todos los órdenes de la vida, no solamente con relación al poder absoluto, la gente siempre ha tenido “debilidad” por lo santo o lo maléfico, y desde cualquiera de estas perspectivas ha intentado descifrar el misterio del poder absoluto.
Y esta “debilidad” no es propia de pueblos atrasados. Actualmente en Nueva York, Londres, París, Berlín, etc. son miles de personas las que se dedican a adivinar el futuro; son miles de personas las que se dedican a la brujería “benéfica” —curanderos con remedios milagrosos— como a la brujería maléfica: hechiceros que venden hechizos a un hombre para conquistar o recuperar el amor de una mujer —un filtro de amor— o que venden hechizos a una mujer para “ligar” a su marido, es decir, para que su marido no pueda tener erección con ninguna otra mujer.
Yo tuve cercana amistad en Acoyapa con don Cruz Rubio, que adivinaba, curaba y vendía hechizos. Se comentaba que hacía curas milagrosas y que sus hechizos no fallaban. Desgraciadamente perdí su amistad, porque anduve repitiendo en el pueblo algo que me contaron.
Me dijeron que había llegado muy de mañana de Managua un matrimonio y sus dos hijos —gemelos idénticos— de siete años de edad. Uno de ellos era mudo. Llegaban a ver si mi amigo lo podía hacer hablar. Don Cruz los atendería hasta las tres de la tarde. Se hospedaron en una pensión. Comieron y echaron la siesta. La madre de los menores se había quedado dormida. Se despertó de pronto un poco ante de las tres y apresuradamente cogió al gemelo y se fue a consultar con don Cruz. Su marido y el otro gemelo quedaron dormidos.
Una vez que la señora expuso el caso, don Cruz metió al gemelo en un cuarto, mientras la madre esperaba en la sala. Después de cerrar la puerta el señor Rubio le dio al niño una fuerte palmada en la cara y su madre escuchó a su hijo gritando: “¿por qué me pegás hijueputá?” La señora salió en carrera llorando de alegría a avisarle a su marido que su hijo había hablado. El marido, medio disgustado, le dijo que el gemelo que se había llevado era el que hablaba.
Esta experiencia me ha obligado a no andar repitiendo cosas que no debo, porque los brujos son delicadísimos: cuidan mucho su credibilidad. Por esta razón no debo repetir lo que algunos afirman: que hay alguien que, por medio de una vidente, “monitorea” el futuro de Daniel, así como tampoco puedo afirmar que la publicidad que se ve en las calles sea producto de “cultos esotéricos”.
Lo que sí me parece como probable es que los dirigentes de la oposición política han sido hechizados. Tengo la impresión de que alguna bruja le dio a Eduardo Montealegre una “poción mágica”, pues tiene todas las trazas de ser políticamente un hombre “jugado de cegua”. Lamentablemente no conozco a ningún brujo que aplique con efectividad el contrahechizo que le hace falta a don Eduardo.
La realidad es que la antropología sigue sin descifrar el misterio del poder y mientras esto no suceda seguirán haciendo su trabajo, como escribió Shakespeare, las brujas de Macbeth, los demonios de Enrique VI, las apariciones de Julio César y del padre de Hamlet y los distintos espectros de Ricardo III. El autor es abogado. y escritor.
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