Róger Mendieta Alfaro
El problema es el regreso. Ya van muy adelantados. Gobernar es fácil… especialmente si de un país rico, más que rico si de recursos naturales se trata. Aclaro: hablo de gobernar. Se gobierna con poder para poder, no para el dis-poder. El buen administrador solo tiene que sentarse en el sitio que corresponda, y decirse desde dentro: “Voy a gobernar”. Pero gobernar, gobernando, dirigiendo, poniendo los asuntos en orden para bien sí mismo, y claro está: el pueblo. Si así no se piensa, el sí mismo queda relegado en el zafarrancho del desastre, y mantiene dándose golpes de cabeza contra la pared del olvido, y por supuesto del fracaso.
Gobernar es ordenar. Mandar bien. Siendo justo, más o menos justos en cualquier necesario nivel de orden. Sin orden no existe poder gobernador en el gobierno, porque orden y poder sirven para gobernar. Orden y poder ordenan y gobiernan.
Tengo la sensación que Venezuela está viviendo los más azarosos de sus días: angustiantes, escabrosos, dentro del minuto en que la tomó del cuello el diablo de la destrucción; y un poder del que no hay vuelta atrás.
Ni un solo muerto, por muy solitario que haya caído, se mantendrá sin alzar vuelo. Los muertos hablan siempre, en cualquier proceso histórico revolucionario; y jamás quedan mudos en sus tumbas sin alzar vuelo. En las repúblicas de los muertos, estos disponen… estos mandan.
Es más que absurdo que una de las repúblicas más millonarias de nuestra América hispana tenga problemas de hambre. El hambre: mala consejera. Siempre lo fue. El mundo y su historia han venido cambiando en su paso bajo el hambre. Una mirada reflexiva sobre el poder y la revolución que lo hizo cambiar de rumbo, es el mejor indicador que gobernar es mejor que atascarse: gobernar de la A a la Z… no desgobernar. Los imitadores se hunden en las charcas de la nada… allí concluye su obra.
Un país rico, amplio, con un incalculable poder de producción, requiere de un gobierno a su medida. Murió Chávez, el gran dictador; y lo heredó el remedo de pajarito que apenas puede chillar bajo el consentimiento de los gavilanes que mantienen al acecho sobre el alto gancho del gatillo. Esta ha sido la historia de la linda y preciosa ubre que es Venezuela. ¡Dios la ayude!
Y ayude igualmente a Nicaragua. Eso de la construcción de un Canal que se construya usando la vía del gran lago, no tiene sentido en un país como el nuestro que ha sido esencialmente agrícola. Las consideraciones del doctor Jaime Incer y otros entendidos de estas cosas de la conservación de recursos naturales, fundamentados en riqueza que Dios proveyó a nuestra maravillosa tierra, no tiene sentido destruirla por unos miles de millones de dólares, que a la postre vendrían a convertirse en centavos de miseria por el disparate de un chino, que quiere chinear Nicaragua sin tener sólidos pañales.
El gran lago y todo lo que lo circunda es nuestra verdadera riqueza que aún sigue sin explotar por falta de voluntad y por supuesto de un histórico buen gobierno. Que Dios ayude a quien fuere a tomar justificable decisión. El autor es escritor