Silvio Avilez Gallo

Educación y desarrollo

Una vez más, la educación en Nicaragua vuelve a ser tema de actualidad.

El hecho que desató la eterna controversia entre educadores, políticos y otros entendidos en la materia, para tratar de explicar ese fenómeno, fue el pobrísimo resultado obtenido en las pruebas de admisión a las universidades, que significó el rechazo de un increíble porcentaje —estimado en un 95 por ciento— de quienes pretendían ingresar a la educación superior en 2014.

¿A qué se debe este fracaso? Existen diversos factores para explicarlo, pero la base de todos ellos está en un sistema educativo más que deficiente.

Si se compara esta situación con la que existía hace unos treinta o cuarenta años, observamos un empeoramiento significativo. Para comenzar, no existen en la actualidad las escuelas normales, donde antaño se formaban los futuros maestros. Mencionemos, verbigracia, a los profesores Gabriel Morales, Josefa Toledo de Aguerri, Salvadora Moncada de Cerna y Miguel Ramírez Goyena, entre muchos otros. Si a esto agregamos que la formación básica comienza en el hogar y que por diversas razones, principalmente el resquebrajamiento del núcleo familiar a causa de la desaparición del matrimonio y su remplazo por el emparejamiento o uniones inestables, surgen los hogares monoparentales, en los que la madre descuida su labor de inculcar principios y valores porque debe trabajar para proveer al sustento de los hijos. Únicamente un ínfimo porcentaje de niños termina el primer ciclo de la enseñanza básica.

Según señalan los psicólogos, cuando el niño accede al primer peldaño de la escala formativa, su cerebro ya ha desarrollado un 85 por ciento de su capacidad cognoscitiva, hábitos y otros aspectos determinantes de su futura personalidad. Quiere decir que lo básico de su formación ya está concluida.

Los países desarrollados consagran un elevado porcentaje de sus presupuestos a educación e investigación, porque por experiencia saben que no puede existir progreso sin formación. Los encargados de impartir conocimientos cargan sobre sus hombros la misión de preparar debidamente a niños y jóvenes para que adquieran responsabilidades académicas, cívicas, culturales, morales, éticas y políticas a fin de asegurar el relevo de las futuras generaciones.

Pero esto sucede no solo en los países del primer mundo. En nuestra América Latina figuran entre otros Brasil, Argentina, México, Chile, Uruguay y Colombia. Tenemos también a nuestra vecina Costa Rica, que cuando contaba con un ejército (actualmente abolido) se vanagloriaba de poseer “más maestros que soldados”. En dicho país, un importante segmento del presupuesto de la nación se destina al ramo de la educación y eso se traduce en mejores y mayores conocimientos, madurez cívica y desarrollo del sistema democrático. Según noticias divulgadas por noticieros televisivos en Nicaragua, este país destina menos del treinta por ciento del presupuesto que Costa Rica consagra a la educación. Hay otros rubros “prioritarios” —principalmente las Fuerzas Armadas— que absorben el grueso de la erogación presupuestaria.

Tradicionalmente, los nicaragüenses han dedicado lamentablemente sus esfuerzos a combatirse entre ellos en una nefasta cadena de guerras o luchas fratricidas, que han traído como corolario el empobrecimiento de la patria, que por la desunión de sus hijos ha sido víctima de la voracidad de países foráneos. Si solamente observamos lo acontecido en los siglos XIX y XX, podemos constatar el despojo no solo de miles de kilómetros cuadrados de territorio, sino sobre todo la irreparable pérdida de vidas humanas. Ello indudablemente es producto de la deficiente educación recibida en los centros de formación, que al no estimular la adquisición de valores cívicos, morales, éticos y culturales, hace aflorar el odio, la codicia, el egoísmo y la corrupción.

La educación puede considerarse como un edificio en constante construcción con la colaboración de toda la ciudadanía. Si esta estructura se asienta sobre un terreno fallado, inútil será que la poca inversión para levantarlo se traduzca en algo duradero. Siempre se producirán derrumbes que a la postre requerirán mayores sumas para corregir los daños. Entonces, ¿debemos resignarnos a alimentar la lista de países subdesarrollados por causa de una formación deficiente? No necesariamente.

Se requiere del concurso y la colaboración de todos —gobierno, empresa privada, ciudadanía, cooperación internacional— para salir de la lacra del subdesarrollo. En lugar de destinar el seis por ciento del presupuesto para la educación universitaria, que hasta el momento no ha rendido los frutos esperados, es preciso asignar esa suma a la educación básica y técnica; crear centros de formación y capacitación para el personal docente; establecer un fondo de becas, con el concurso de la Unesco y de países amigos, para quienes carecen de recursos, y, sobre todo, que la cartera educativa ocupe el primer lugar entre todos los ministerios de Estado, para que los maestros dejen de ser los funcionarios públicos peor remunerados, puesto que sus salarios netos a duras penas alcanzan para cubrir el costo de la canasta básica.

Puede convocarse a una mesa redonda donde participen todos los interesados para analizar, debatir y formular alternativas que permitan finalmente salir del abismo del subdesarrollo. Es preciso hacer realidad el lema: al desarrollo por la educación.

El autor es diplomático, fue embajador de Nicaragua en chile.

Opinión educación archivo

COMENTARIOS

  1. fultp
    Hace 13 años

    Correcto Silvio, es necesario invertir en educacion pensando en que la educacion es la solucion al subdesarrollo socioeconomico, envez de considerar a la educacion como un problema social. No basta con mejorar el salario de los maestros, sino que es necesario elevar su estatus de vida devolviendoles su condicion de profesionales de primera categoria, prioritariamente necesarios para las restantes profesiones. » EL MAESTRO ES EL ELEMENTO CLAVE PARA LOGRAR CALIDAD EDUCATIVA».

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