Sergio Boffelli
No es secreto que la llamada oposición nicaragüense ha perdido la confianza del 62 por ciento que votó contra Daniel Ortega y el FSLN en el 2006. Sobran explicaciones y conjeturas, pero no es el tema de este artículo.
A dos años de la próxima contienda presidencial, con una gigantesca maquinaria legal y no legal en contra, las cercanías del capital con el poder político, la aparente apatía popular, la masiva comunicación oficialista, el control del Estado y del país… ganarle al orteguismo parece tarea de titanes. Pero quizás no.
El comportamiento opositor en Nicaragua no ha indicado el deseo genuino de unidad. Si la buscaran con sinceridad, ya la hubieran encontrado. Lo que en cambio se percibe es el atrincheramiento de los grupos tradicionales, y la proliferación de otros de diferentes tendencias. Supongo que, como parte de sus estrategias, trabajan para acumular cartas que eventualmente tendrán que poner sobre la mesa. Por lo pronto, mientras llega el momento, nadie que asome la cabeza con mayores pretensiones parece contar con el apoyo requerido.
¿Cuándo acabará esto? El 2016 se acerca veloz. Partiendo del acostumbrado comportamiento de la politiquería criolla, el tiempo indicado será cuando todos se encuentren con la soga apretando más el cuello. O cuando logre brillar una idea, tan bien presentada y encarnada, que no ofrezca más alternativa que aglutinarse o quedar al margen.
Sin embargo, aunque el supuesto desánimo y desinterés de la población hacia problemas de orden institucional y Estado de Derecho se consideran preocupantes, la esperanza de una reacción ciudadana podría estar cerca. El orteguismo lo sabe porque en dos ocasiones ha tragado ese amargo remedio. La primera fue en 1989 con el triunfo de doña Violeta Barrios de Chamorro, candidata de los catorce partidos que conformaron la Unión Nacional Opositora (UNO), y la segunda a inicios de los 1990 con el resurgimiento del liberalismo. Cito estos ejemplos, aunque el segundo me resulta más llamativo porque el actual entorno se aproxima más.
Desde 1979 a 1990, como ocurre hoy, muchos creyeron que el liberalismo en Nicaragua estaba sepultado. Identificarse como liberal era sinónimo de ser somocista. Sin embargo, en apenas seis años y con un discurso contra Ortega y el FSLN, volvió al poder con el lema “orgullosamente liberal” y 45 por ciento de los votos. Una sorprendente demostración que aumentaría a 54 por ciento de votos en 2001, pero que por abusos de algunos dirigentes y las divisiones que los marcaron, perdieron una nueva oportunidad en 2006. En 2011 recibirían el castigo abstencionista de buena parte de sus adeptos.
A pesar de esto, el fenómeno del liberalismo de 1990 merece ser considerado. Me parece que sus bases, aunque decepcionadas hoy, están latente y por eso el empeño oficial, con la complicidad conocida, en mantenerlos divididos.
Ortega tiene pavor a un nuevo despertar liberal y tomar por tercera vez —quizás la definitiva— la medicina que repudia.
Tampoco me cabe duda que algunas cúpulas de liberales —“de cepa”, pero sin convicciones— están agazapadas esperando acaparar la oportunidad, pretendiendo ignorar que con ellos no funcionará.
Todas las crisis son oportunidades y los vacíos están para ser llenados. Por eso un liderazgo incluyente, con ideales bien presentados, propuestas con contenido y sin temor al orteguismo, ayudarían a recuperar el terreno perdido y encabezar lo que conduciría a recuperar la democracia: una alianza amplia y nacional.
¿Es posible? Por supuesto. ¿Es probable? Esta es la pregunta sin respuesta.
El autor es periodista.