Este fin de semana se realizará en Managua un festival de cultura de Japón, en el cual se mostrarán distintas expresiones culturales de ese milenario país que tanto ha cooperado con Nicaragua, de manera desinteresada, sin condiciones de ninguna clase.
Con motivo de este festival de cultura que tendrá lugar en el Parque Japonés, se me ocurre escribir algo sobre la mitología japonesa, la cual es tan rica, diversa y misteriosa como cualquiera de las principales mitologías clásicas del mundo.
Hace algunos años, el amigo Norman Caldera Cardenal, cuando era ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua en el Gobierno de don Enrique Bolaños Geyer, me regaló una lujosa y valiosa Enciclopedia de Mitología Universal , redactada por varios eruditos británicos y compilada por Arthur Cotterell, antiguo director del prestigioso Kingston College de Londres.
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En dicha Enciclopedia, se relata que según la mitología japonesa “el universo original era solo una masa informe, aceitosa, como gelatina. De esta masa surgió un dios llamado Amanominakanushi-no-kami. Tras él surgieron otros cuatro dioses, formando así los cinco dioses principales. Después, sucesivamente, surgieron otras siete nuevas generaciones de dioses y diosas. Todos estos seres divinos vivían en la Altiplanicie del Cielo (Takamagahara), ya que en esa época no había tierra firme. Los más jóvenes eran los dioses Izanagi e Izanami que se encargaron de crear la tierra. Colocados sobre el Puente Flotante del Cielo, agitaron juntos las profundidades sombrías con una lanza sagrada. Cuando alzaron la lanza, cayeron gotas que formaron la primera tierra, la isla llamada Ogonoro”.
La descripción de la mitología japonesa sobre el origen de los dioses, del cielo y de la tierra es fascinante. Pero de entre la misteriosa y compleja constelación de divinidades japonesas, quiero destacar a una de las diosas más hermosas y representativas. Me refiero a Amaterasu, diosa del sol y de la luz radiante.
Izanagi, uno de los primeros dioses, nombró a Amaterasu gobernante de las Altiplanicies del Cielo. Pero Susa-no-o, hermano de Amaterasu y gobernante del mar, se puso celoso del estatus superior de su hermana y se rebeló contra ella con el fin de apoderarse del gobierno del Cielo.
Amaterasu se enfrentó con su envidioso y rebelde hermano, quien la retó a una competencia para dilucidar quién de ellos era el dios más poderoso. Aceptó Amaterasu el desafío de Susa-no-o, que consistía en demostrar quién de los dos era capaz de engendrar dioses masculinos.
Amaterasu ganó la competencia, pero el pérfido hermano no quiso aceptar su derrota y más bien “se embarcó en una serie de ataques sucios contra su hermana, que la asustaron tanto que acabó encerrándose en una cueva”, se dice en la citada Enciclopedia. “Y entonces todo el mundo, y también el cielo, se vio sumido en la oscuridad y la miseria.”
Todos los dioses salvo el malvado Susa-no-o, por supuesto— fueron a pedir a Amaterasu que saliera de su encierro, a fin de que su luz volviera a iluminar el cielo y la tierra. Pero no pudieron convencerla y entonces hicieron un ruidoso escándalo fuera de la cueva, para llamar su atención. Movida por la curiosidad, Amaterasu se asomó fuera de la cueva y con el rayo de luz que emitió hacia el exterior se creó la Aurora.
Finalmente Amaterasu salió de la cueva y el cielo y el mundo terrenal se volvieron a iluminar con la luz del Sol. Después creó los campos de arroz, inventó el arte de tejer, enseñó a la gente a cultivar el trigo y los gusanos de seda y se convirtió por eso en la diosa benefactora de la humanidad.
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