Qué hacer con nuestra educación

Carlos Tünnermann Bernheim

El rotundo fracaso de la mayoría de los bachilleres en la prueba de admisión a la UNI, ha vuelto a poner sobre el tapete la preocupación por la calidad de nuestra educación.

En materia educativa las cosas hay que hacerlas con seriedad, sin improvisaciones ni manipulación de las estadísticas. Convendría, entonces, que funcione el Consejo Nacional de Educación, que durante este gobierno no ha sido convocado, y encargarle la elaboración de un “Plan Nacional de Educación 2014-2021” que, previa consulta con todos los sectores sociales y el concurso de los mejores especialistas del país, se fundamente en consensos educativos.

Dicho Plan debería contener las políticas de Estado de corto, mediano y largo plazo, que nos permitan alcanzar, como metas prioritarias, una verdadera universalización de la educación primaria con calidad en el año 2015, y la universalización de la escolaridad de nueve años, y si es posible de once, para el 2021, año en que Nicaragua cumplirá doscientos años como nación independiente. ¡Qué mejor manera de saludar nuestro Bicentenario! Para esto se requeriría el compromiso político de incrementar la inversión educativa, que es prioritaria y estratégica, hasta alcanzar el equivalente del 7 por ciento del PIB para la educación primaria, media y técnica superior. Otros países de América Latina ya lo lograron.

A la educación secundaria será preciso atribuirle sus propios objetivos, incorporarle elementos de iniciación laboral y propiciar su diversificación. Si realmente queremos salir del subdesarrollo es ineludible fortalecer y prestigiar la Educación Técnica Media y Superior no universitaria, que tradicionalmente hemos desatendido. En cada región del país debería establecerse un Instituto Técnico Superior, como lo hizo la India.

Los límites de este artículo solo nos permiten enumerar algunas otras metas importantes que debería incluir el Plan, comenzando por fortalecer la pertinencia, calidad y equidad de todo el sistema educativo y retomar el compromiso, aún no cumplido, de incrementar el salario básico de los maestros hasta alcanzar, primero, el equivalente del costo de la canasta básica y, luego, el monto del salario promedio centroamericano. La formación de los maestros debería elevarse al nivel superior, estableciendo las Escuelas Normales Superiores, por cuanto la calidad educativa depende, en buena medida, de la calidad de los maestros. Por tal razón, la capacitación y perfeccionamiento docente deberían ser una de las metas del plan, teniendo presente que el empirismo en primaria se ha estancado en un 25 por ciento y en secundaria llega al 42 por ciento.

Mediante un préstamo de un Banco internacional, de largo plazo y bajo interés, se debería hacer una cuantiosa inversión en el mejoramiento de la infraestructura, mobiliario y equipamiento escolar del país. El Sistema Educativo Regional de la costa Caribe ameritaría especial atención, por ser la región con los mayores déficits educativos.

Los mejores maestros deberían ser asignados a la educación preescolar, a los primeros grados de primaria y de las escuelas de multigrados, dándoles las herramientas didácticas indispensables para su desempeño en el aula. No obtendremos los resultados esperados si no introducimos cambios en las didácticas, enfatizando el aprendizaje de los estudiantes y combatimos la repetición mecánica y memorística de los contenidos curriculares.

Para incorporarnos en la sociedad del conocimiento, será necesario priorizar el mejoramiento de los docentes de Ciencias Básicas: Matemáticas, Física, Química y Biología, que representan el punto de partida del desarrollo científico-tecnológico de un país. Para comprobar imparcialmente los avances de la calidad educativa, nuestros estudiantes deberían participar en las pruebas internacionales PISA.

Una de las debilidades de nuestra educación es la falta de integración y coherencia entre los niveles del sistema, en cuanto a la continuidad curricular. Se requerirá restablecer la red de bibliotecas escolares y dotar de centros de cómputo a todos los institutos nacionales y al mayor número de escuelas.

Sin un Ministerio de Educación que abandone su afán centralizador, poco de lo anterior será posible. Su reorganización y modernización es pieza clave del plan, a fin de que asuma un rol normativo y de supervisión, dando una mayor autonomía a los centros escolares, tanto en lo administrativo como en la contextualización del currículo. El autor es jurista y educador

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