Wilfredo Montalván
La vida del nicaragüense no ha sido nada fácil. Escritores, sociólogos y héroes nacionales han coincidido en afirmar, a través de los tiempos, que si bien Dios nos dio un país con grandes riquezas naturales, para que no hubieran pobres, los que lo hemos poblado solo hemos vivido en sangrientas guerras fratricidas desde que dimos los primeros pasos como nación hasta nuestros días.
Pablo Antonio Cuadra, ya lo dijo: “Ser nicaragüense, no es fácil”. El famoso compatriota y escritor exiliado en Guatemala, en la década de los treinta del siglo pasado, Gustavo Alemán Bolaños, lleno de profunda decepción llegó hasta expresar que “los nicaragüenses somos un pueblo irredento”; y José Román, en su libro sobre el General Augusto C. Sandino, atribuye a este haber calificado a nuestra patria de “Maldito País”.
¿De qué extraña arcilla fuimos hechos los nicaragüenses, que no podemos ser como los otros pueblos civilizados que consideran la alternancia en el poder como algo natural para el desarrollo de nuestras sociedades? ¿Por qué cuando al tratar de levantarnos de una nueva caída y creemos estar ante la aurora de un nuevo día, surge siempre la figura nefasta del dictador queriéndose perpetuar en el poder bajo el nombre de José Santos Zelaya; Anastasio Somoza o Daniel Ortega? Tan triste es nuestra situación que algunos en el mapa mundial definen a Nicaragua como: “País martirizado por la pobreza, las guerras civiles y las tiranías”.
He traído esto a colación, porque al comenzar el 2014, nuevamente nos encontramos ante la tenebrosa disyuntiva de tener que someternos a la actual dictadura o seguir en la lucha por la que se sacrificaron muchos de nuestros hermanos en el pasado: la lucha por la dignidad y la libertad del pueblo nicaragüense.
Pero, muchos se preguntarán: ¿Qué hacer? ¿Qué hacer, para alcanzar esa libertad y esa dignidad tan deseadas? ¿Qué hacer cuando los partidos políticos que deberían estar haciendo oposición a la familia Ortega-Murillo y al FSLN en sus pretensiones totalitarias, se nos presentan como claudicantes, gastados y hasta corruptos? Muchos de nosotros y así se lo hemos hecho saber a algunos amigos a lo interno del país, consideramos que es necesario crear algo nuevo. Es necesario y con carácter impostergable crear un Partido del Cambio Democrático (PCD) que aglutine a todos aquellos nicaragüenses honestos que están contra la corrupción, en contra de cualquier tipo de dictadura de izquierda o de derecha y que desean desde el fondo de sus corazones sacar realmente de la pobreza al país en que lo tienen sumergido.
Naturalmente, que para esto lo primero es hacer la organización. Existir. Luego, uno de los primeros objetivos de este partido deberá ser oponernos rotundamente a las reformas a la Constitución que se están impulsando en la espuria Asamblea Nacional y volver a las reformas del año 1995 cuando se dieron los primeros pasos hacia la institucionalidad democrática del país. La meta en la primera etapa de este partido deberá ser desmontar todo el andamiaje autocrático que la familia Ortega-Murillo y el FSLN han venido construyendo, desde el pacto que suscribieron con el doctor Alemán y el PLC hace algunos años. Todo lo demás vendrá por añadidura.
Habrán los pusilánimes y tibios de corazón que dirán: “No se puede”. Pero habemos otros que conociendo el desprestigio y la corrupción del régimen imperante y conociendo la vocación libertaria de nuestro pueblo, estamos plena, total y absolutamente convencidos de que: “Sí se puede”. Estamos tratando de regresar pronto a Nicaragua para que acompañados de otros amigos que comparten nuestros ideales de justicia, progreso y libertad, reemprendamos el camino inevitable que nos queda de luchar cívicamente juntos, para alcanzar la democracia que nuestro país necesita en aras de salir de la pobreza y del sub-desarrollo. ¿Estamos los nicaragüenses dispuestos a recorrer ese camino que nos lleve ¡por fin! A alcanzar un mejor destino para nuestra, hasta ahora, desventurada Patria? El autor es periodista y Secretario General de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).