Hace ya varios meses los miembros del cuadro dramático de la peña El Bejuco de Acoyapa se reunieron en La Talanguera de San Juan del Sur para hablar de una supuesta conversación que sostuvieron el papa Francisco I y el cardenal Miguel Purificación Obando.
Me refiero a una conversación que yo califico de “supuesta” porque nadie ha demostrado que el papa y mi paisano hayan platicado en el Vaticano.
Pero la realidad es que se comenta en Acoyapa, por personas aparentemente bien informadas, que ambas personalidades hablaron a solas en la biblioteca del Vaticano. Entonces pedí a los miembros del cuadro dramático de la peña El Bejuco que se imaginaran lo que pudieron haber conversado el papa y Miguel Purificación.
Les pedí que escenificaran la imaginativa conversación, porque sigo creyendo —tal como lo afirmé en el artículo del diálogo de Obama con Chayito— que el teatro, más que el conocimiento que nos puede proporcionar una narración lineal, permite la vivencia de la conversación, es decir, permite en este caso “presenciar”, “vivir”, lo que supuestamente conversó el papa con Miguel Purificación.
En el momento que subió el telón apareció en escena Miguel Purificación besándole el anillo al papa. Acto seguido presenciamos el siguiente diálogo.
Francisco I. “Siéntese cardenal Obando. Antes su pelo era castaño oscuro. Ahora me parece que es castaño menos oscuro, algo así como claro. ¿Estoy equivocado?”
Cardenal Obando. “Está en lo cierto. De vez en cuando debemos cambiar de look. La vida exige constantes cambios, incluso exige volteretas. Yo suelo repetir lo que en mi niñez escuchaba en Chontales: la tortilla que no da vuelta se quema”.
Francisco I. “Yo pretendo también que el Vaticano cambie de look. Voy a emprender una cruzada moralizadora”.
Cardenal Obando. “Esa cruzada es urgente, y en todos los frentes, principalmente en el frente financiero”.
Francisco I. “Me gustaría escuchar su opinión”.
Cardenal Obando. “No me pareció acertada la decisión de Benedicto XVI de nombrar presidente del Banco del Vaticano a Ernst von Freyberg. Lo veo un hombre muy influenciable”.
Francisco I. “No creo que Benedicto XVI haya hecho ese nombramiento a la ligera”.
Cardenal Obando. “Así se decía cuando nombraron presidente del Banco del Vaticano al arzobispo Paul Marcinkus, quien permitió que ese banco lavara dinero para la mafia de Michele Sindona, dueño del Franklin National Bank, y de Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano. Recuerde Su Santidad que el escándalo adquirió proporciones mayúsculas cuando Sindona murió en prisión envenenado y cuando a Roberto Calvi lo encontraron ahorcado en un puente en Londres”.
Francisco I. “¿Tuvo que ver algún funcionario vaticano con esos asesinatos?”
Cardenal Obando. “No lo sé. Lo que sí puedo decirle es que Marcinkus tuvo que quedarse encerrado dentro de la Ciudad del Vaticano para no ser arrestado en Italia. Algún tiempo después huyó a Estados Unidos, a Arizona, en donde vivió y terminó sus días, multimillonario, jugando golf”.
Francisco I. “Y concretamente usted ¿qué me aconseja?”
Cardenal Obando. “Yo le aconsejo que deje sin efecto el nombramiento de Ernst von Freyberg y nombre a alguien que sea capaz; un hombre probadamente honrado, insobornable”.
Francisco I. “¿Podría recomendarme a alguien?”
Cardenal Obando. “Yo por él único que pondría mi cabeza por su capacidad y honestidad es por un nicaragüense que conozco desde que nació. Es un hombre incorruptible, con una trayectoria pública y privada ejemplarmente moralizadora. Es un hombre que no es prepotente, ni arrogante ni soberbio. Es un hombre humilde. No es vanidoso. Además de que no le gusta el dinero, es enemigo del lujo y de la ostentación”.
Francisco I. “¡Qué interesante!”
Cardenal Obando. “Vea Su Santidad. Yo le aseguro que mi recomendado siempre ha cumplido con los diez mandamientos de la Ley de Dios; jamás ha tenido ninguno de los vicios del garrote, y le garantizo que de los siete pecados capitales solamente estuvo cometiendo uno, el de la gula, pero desde que le operaron su tilila para quitarle 100 libras de peso, ese pecado lo superó, pues ahora come morigeradamente”.
Francisco I. “Dígame su nombre”.
Cardenal Obando. “Le entrego este sobre con el nombre de mi recomendado y su currículum”.
Minutos antes de que bajaran el telón el cardenal Obando, al momento de despedirse de Francisco I con muestras de gran afecto, le solicitó hincado su bendición, y le pidió a Su Santidad, tal como lo había hecho con otros papas, que premiara al pueblo católico de Nicaragua elevando a la dignidad episcopal a los santos sacerdotes Bismarck Carballo y Eddy Montenegro
El autor es abogado.
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